Lunes, 18 de Diciembre de 2017
22:49 CET.
Opinión

La visita de Carter: un asunto de legitimidades

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Pocas horas después de que el ex presidente Carter terminara su visita a Cuba se desarrolló una de esas polémicas que con todo derecho puede exigir el calificativo de sorda. Por una parte figuraron los que criticaban que Carter hubiera venido a visitar a los gobernantes sin apenas poner condiciones mediáticas, mientras se reunía con "personas críticas al gobierno" con la condición de no hacer fotos y bajo una cláusula de discreción relacionada exclusivamente con el contenido de lo conversado. Del otro lado estuvieron los que entendían como algo positivo ser escuchados por una de las contadas personalidades que gozan del raro privilegio de ser recibidas por la máxima instancia de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos y por demás, bien vista por la opinión pública a nivel internacional.

La discusión fue sorda no solo porque ambos contrincantes se resistieran a escuchar el argumento del otro, sino porque el verdadero tema que latía en el fondo no fue mencionado: el de la legitimidad.

Me gustaría precisar que se alcanza la legitimidad lo mismo por motivos estrictamente legales que por razones morales. Gústenos o no, los gobernantes cubanos han logrado legitimarse a través de las leyes que ellos mismos han dictado y en virtud del reconocimiento diplomático de la mayoría de los países del mundo. Gústele o no a ese mismo gobierno, los actores de la sociedad civil y los opositores han alcanzado una creciente legitimidad a partir de una razón moral incuestionable: la invocación y defensa de los derechos humanos, tenidos por inalienables también por la inmensa mayoría de los países del mundo.

Lo que ocurre es que el gobierno niega de forma absoluta y contumaz el más mínimo viso de legitimidad a quienes considera despreciables mercenarios del imperialismo, aunque una buena parte de esos satanizados sí reconozca legitimidad al gobierno, incluso a su pesar, cuando porta un carné de identidad expedido por las autoridades o cuando acude a una oficina a cualquier trámite. Para ir más lejos, los que decidieron, con todo su derecho, vivir fuera del país, hacen ese reconocimiento cuando acuden a consulados y embajadas a actualizar pasaportes o realizar cualquier otra gestión.

El señor Carter tuvo que realizar un acto de equilibrista para reunirse con "los críticos" —lo que implicaba reconocer su legitimidad— sin ofender a su legítimo anfitrión: el gobierno. Este último, por su parte, se vio obligado al menos a no deslegitimizar el encuentro, cosa que evidenció al no mandar allí a ningún destacamento de insultadores profesionales y al darle permiso a los periodistas extranjeros acreditados a que cubrieran la cita. Cierto que ese permiso no alcanzó para que alguno se atreviera a preguntarle sobre el tema durante la conferencia de prensa del ex presidente norteamericano, pero todos sabemos cómo funciona ese juego y aun así seguimos reconociendo la legitimidad de la prensa extranjera.

Me he demorado quizás demasiado tiempo para pronunciarme sobre el asunto, a pesar de habar sido uno de los que estuvo presente con Carter aquella mañana en un saloncito del Hotel Santa Isabel, pero no tenía intención de participar en un debate en el que pareciera que me estaba defendiendo. Insisto en usar los espacios con que cuento para hablar de lo esencial, o al menos para intentarlo.

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