Lunes, 18 de Diciembre de 2017
23:41 CET.
Opinión

Editorial: La segunda visita de Carter

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El expresidente estadounidense James Carter acaba de reunirse durante tres jornadas con diferentes actores políticos y sociales de la Isla. En sus manifestaciones públicas, quiso atender los problemas de las partes en conflicto, aunque el resultado, francamente, ha sido irregular.

¿Qué beneficios podría tener para los cubanos el viaje de Carter a La Habana?

A corto y mediano plazo, muy escasos, debido a que el régimen no adelanta signos de reformismo democrático, ni está interesado en una solución del conflicto Cuba-Estados Unidos que pase por una apertura en la Isla.

Raúl Castro sólo quiere "hablar" —lo reiteró al despedir al visitante—, como si el diálogo constituyese un resultado en sí mismo. El régimen sigue apostando por recomponer las relaciones con Washington, sin antes normalizarlas con todos los cubanos. Y, dado que el país no sufre actualmente una grave crisis de gobernabilidad que obligue a las autoridades a pactar, ¿qué oportunidades habría para un mediador?

La visita del expresidente deja algunas luces y muchas sombras. No es fácilmente digerible que quien gobernó durante cuatro años Estados Unidos califique de "patriotas" a los cinco espías cubanos, condenados por violar las leyes federales norteamericanas. Tampoco que admita públicamente que un dictador como Fidel Castro es su "viejo amigo". Pues no todo vale en el curso de una mediación.

Los encuentros de Carter con disidentes y blogueros fueron indiscutiblemente positivos en lo que respecta a visibilidad y reconocimiento internacional de la oposición. Por esta vez sus "viejos amigos" del régimen no condenaron la reunión del ex jefe del "Imperio" con la sociedad civil de la Isla, como acostumbran a hacer con cualquiera que se acerca a los demócratas cubanos. Sin embargo, las palabras de Carter sobre el tema ni siquiera rozaron el clímax de 2002, cuando apoyó públicamente en televisión el Proyecto Varela.

Quizás el único asunto en el que James Carter atinó plenamente fue en la defensa del contratista Alan Gross, condenado a 15 años de cárcel. Esto confirmaría la esencia de su sorpresiva visita, pensada en términos de los intereses de Estados Unidos (lo cual sería perfectamente legítimo), y no en los del pueblo cubano.

Pese a ello, la liberación de Gross podría traer beneficios a los cubanos. Pues, en consecuencia, Obama podría dar vía libre a otras medidas ejecutivas sobre las relaciones bilaterales. Y, una vez más, sería Estados Unidos quien moviera ficha, puesto que excarcelar a un inocente no es precisamente un gesto de avance.

Hasta ahora, el presidente Obama ha hecho lo correcto al facilitar los contactos pueblo a pueblo, y deberá seguir actuando en este sentido. En La Habana, por el contrario, los cambios políticos no están, ni se les espera.

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