Lunes, 18 de Diciembre de 2017
13:21 CET.
Opinión

Carter, Guevara, Narciso y la bandera

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La foto de Jimmy Carter departiendo con las pioneritas es una bofetada a la disidencia, pero quien le dé por fin una patada en el culo a una pionera habrá roto el embrujo del fascinante castrismo. Las pioneras, con sus pañoletas rojas, son las Anti-Damas de Blanco, son las jóvenes abuelas de la Plaza de Castro, son las tropas de choque que asistirán a los mítines de repudio del 2020.

Jimmy Carter, el que salvó a Fidel del Mariel, el vendedor de causas perdidas más grande del mundo, el que no tiene pelos en la lengua para denunciar lo que califica de "apartheid" israelí, llega al castillo de Castro y comenta lo elegante del decorado: "¡Qué hermoso palacio!"

Raúl responde: "Bueno, míster, en realidad gobernamos desde allá enfrente…" Rosalinda se asoma a los cristales y contempla el Ministerio de la Guerra, que es el Ministerio del Amor Procastrista. Jimmy viste una guayabera, que es el último grito de la Cuba ultrarreaccionaria.

Como Sumner Welles y como Mr. Magoon, Carter es el viejo interventor para quien la democracia es asunto doméstico, una merienda exclusiva en la Casa Blanca, reproducida fielmente en el hotel Santa Isabel. Junto a una delegación de selectos criollos, el manisero de Georgia compartió el cacahuate de la dictadura.

Su visita demuestra —si es que necesitábamos otra evidencia— que somos los mismos colonizados de siempre. Los negros dejan el guaguancó para cultivar el hip-hop, los maricones se amparan en la bandera de Stonewall, los dictadores se escudan en el embargo y los disidentes en Twitter. No hay nada autóctono, nada original en las aspiraciones de los cubanos.

Hace cincuenta años, en Bahía de Cochinos, nuestra gente fue víctima del ataque inmisericorde de las tropas castristas (aquellos embarcados no contaron con el favor de una "zona de exclusión aérea"). Desde entonces la brutal agresión no ha amainado.

¿Deberíamos convertirnos en mahometanos para que nos tomen en cuenta? Peor insulto que el marine montado en la cabeza del Apóstol es que Washington nos envíe al octogenario dúo de Rosalynn & Jimmy en lugar de aplicarnos retroactivamente la Doctrina Obama.

El gaucho en la bandera

Quiero un sombrero

De guano, una bandera

Quiero una guayabera

Y un son para bailar…

 La tonada de Los Wawancó —un viejo combo rioplatense consagrado a la música tropical— repica en la actualidad política cubana. Escuchando los acentos porteños de El sombrero de guano, chocamos con la efigie del Che en la bandera de Narciso López.

¿Por qué nos ofende esa imagen? Si vamos a ver, el gaucho insufrible profanó mucho más que nuestra bandera: penetró a nuestras mujeres, se metió en nuestras conciencias, en nuestra literatura, en nuestra música, en nuestras prisiones y en nuestra moneda.

El Che fue el sueño realizado del chovinismo argentino, aunque ese sueño, antes de alcanzar relevancia universal, haya debido pasar por el aro de lo cubano, y haya debido apañarse, por así decirlo, en la pesadilla de lo cubano.

Como en el caso de Jimmy el interventor, el verdadero intríngulis es aquí, otra vez, la intromisión de un extranjero en nuestros asuntos. Pero, si revisamos las leyendas fundacionales, encontraremos que esa bandera amada, anverso de la puertorriqueña, fue creada en la Yuma por una tropa de encantadores anexionistas, la gente más cosmopolita que haya parido la patria.

La historia de la bandera comienza una tarde de 1848, en Manicaragua, cuando el venezolano Narciso López le confía a Pedro Gabriel Sánchez, padre del patriota José Sánchez Iznaga, los detalles de su conspiración, y el buen Pedro lo denuncia: el origen de nuestra bandera es un chivatazo.

Ya descubierto, Narciso debe abandonar a toda carrera su mina de la Rosa Cubana. En Cienfuegos, Federico Díaz de Villegas le entrega su famoso caballo Mazepa para que atraviese a galope dos provincias. De Cárdenas, Narciso pasa a Matanzas, y desde allí a los Estados Unidos.

Herminio Portell Vilá refiere lo que pasó después en la casa de huéspedes de la señora Clara Lewis, en el número 39 de la calle Howard, en Nueva York:

"El maestro masón Miguel Teurbe Tolón dibujó tres barras azules horizontales, en representación de las tres regiones en que España había dividido Cuba. Narciso López añadió un triángulo equilátero en el cantón de la bandera que recordaba el mandil de los maestros masones, y que, además de ser significativo, 'era una figura geométrica impresionante'. Sin embargo, rechazó la propuesta de colocar el Ojo Omnisciente en el centro del triángulo, debido a las dificultades del bordado. En su lugar, usaron 'la estrella de cinco puntas de la bandera de Texas, por tratarse de otro símbolo masónico: el pentagrama de la hermandad'".

¡Qué distinto sentido tenía la palabra "hermandad" entonces! ¡Y qué natural que Cuba cayera después de Texas! Los cubanos del siglo XX y del XXI repetirían ad nauseam la fuga de Narciso, y otro millón de peloteros, bailarinas, infiltrados, delatores y doctores clonarían su gesto inaudito.

Ese gesto narcisista devino la Gestalt del espíritu independentista de Nuestra América, pero en sentido inverso al pronosticado por José Martí. La tendencia a escapar, a expatriarse, a anexarse, a insertarse en el cuerpo político de los Estados Unidos de América, ha llegado a suplantar el mecanismo latinoamericano de movilidad social, aunque no pueda explicarse, como hacen los castristas, con meras extrapolaciones neocolonialistas. El anexionismo individualizado parece ser, efectivamente, el cumplimiento de nuestro destino manifiesto.

Pero más importante que una enseña vagamente extranjerizante, es que el Che aparezca insertado allí ahora. La efigie más reproducida, y la más relevante, del imaginario contemporáneo, superpuesta a la bandera cubana, confirma la justeza de la visión narcisista: el Che es el Ojo Omnisciente de otra masonería.

La bandera de López con imagen del Che debería ser el estandarte universal de los expatriados, de los eternos forasteros, y de todos aquellos que dijeron adiós a la ficción de la soberanía para insertarse revolucionariamente en cualquier tierra del mundo que merezca el concurso de sus desesperados esfuerzos.

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