Martes, 12 de Diciembre de 2017
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Cine

Un voto por 'Boleto al paraíso'

Apartándose de la ponzoña política de los años noventa en Cuba, pero tanteando sin tapujo esa debacle patria llamada Período Especial, el filme Boleto al paraíso (2010) de Gerardo Chijona se ha estrenado por fin en los circuitos comerciales de la Isla (en el pasado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano la obra pasó casi en secreto por La Habana, como pidiendo permiso o no ser vista antes de tiempo por un censor).

La película me ha recordado un guión que todavía nadie en el mundo ha podido rodar: Accidente, escrito por Sandra Vigil y ese genio terrible fallecido apenas al inicio de su carrera como director, Terence Piard. Ritmo, locura, jóvenes a ras de una adolescencia donde la familia es cárcel y la calle sin límites es libertad, sectas rockeras, padres dictatoriales y violadores, conciertos de metal carroña, humo, pastillas sicotrópicas, alcohol de reverbero, suburbios en ruinas preindustriales, corrupción, sexo fácil free-lance, broncas, HIV/SIDA, amor, policías, noches clandestinas a la intemperie o en un calabozo, belleza vulnerable (a ratos nociva y a ratos naïve), amistad, lenguaje soez a gritos, traición, ira de dios o del diablo, muerte. Érase una vez en La Habanada…

Boleto al paraíso me ha emocionado, incluso siendo una película menor. Acaso precisamente por eso. Por su factura de tele-play realista, donde la técnica tiene la humildad de parecer muy precaria y, sin embargo, justo de ahí emana esa atmósfera subnacional como de otro planeta, hiperreal. Sin parlamentos filosóficos ni objetivos muy claros en la lógica tupida de los personajes. Caras desconocidas para los protagónicos y cameos convencionales para el resto de los juegos de rol. Road-movie en la medida en que lo permite la producción. Punzonazo post-revolucionario de una utopía podrida en la medida en que lo tolera el ICAIC, con su peaje de desideologización para no poner en tela de juicio la militancia de Gerardo Chijona.

Las fachadas institucionales, los interiores domésticos, los cuerpos tatuados con cicatrices: todo lo que rodea a estos jóvenes es herencia descascarada, fealdad socialista de un Hombre Viejo que se resiste al suicidio por pura inercia o rencor. En estos sets sedientos de placer y venganza no hay más misericordia que la disciplina obligatoriamente gratuita del sidatorio, hospicio de los desahuciados.

Me dan mucha tristeza tales atmósferas. Las viví en cadáver propio, aquel fin de siglo XX que irrumpió en 1990. Como también viví la locura de viajar por carreteras cubanas sin un centavo de provincia en provincia, universitarios cívicamente analfabetos, bárbaros al borde de la mendicidad, aunque menos deshumanizados que nuestros progenitores "integrados al proceso", reconociéndonos en nuestros contemporáneos de tú a tú (de estupro a esputo), hablando sin hipocresía, relamiéndonos la abulia, sospechando que la Historia es hoy, seguros de que el futuro era sólo otra ficción fósil del Estado, apostando por una espiritualidad estrafalaria o al menos por una obrita genial (tiranos sin el talento de Terence Piard). Boleto al paraíso pone todo esto sobre el tapete y, paradójicamente, todo esto también se lo calla. Muestra mucho más de lo que dice. Gerardo Chijona, o alguien alrededor suyo, nos da una lección de cómo ir sacando a flote los pecios personales de nuestro más recóndito horror colectivo.

En potencia, hay mil películas mejores en cada plano y en cada parlamento de esta película. No me importa semejante fracaso en modo subjuntivo. Acaso debieron quedar aún más cabos sueltos y no concebirse en absoluto un final. Pero otra vez no me importa.

Me sobrecoge su aire de belleza amateur y por eso le perdono hasta ciertos toques de didactismo consolatorio. Boleto al paraíso narra desde la claustrofobia ignorante de un yo que ninguna mano social ayuda (el idilio del hospital llega siempre demasiado tarde para evitar la muerte). Este relato es una visa sin vuelta atrás para más de una generación sorprendida por los propios linfocitos que debían protegerla, marginada por los propios ideales que debían incluirla. Ante tanto páramo sea, pues, el bebé que va a nacer después del llanto dulce de Miriel Cejas y el anticlímax de los créditos, esa media tableta de esperanza que nos ponemos debajo de la lengua para hacer tolerable nuestro próximo episodio de epilepsia paradisíaca.

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