Lunes, 18 de Diciembre de 2017
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Congreso del partido

Nuevo Faraón en Jefe

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Cuando dice que renunció a su cargo de primer secretario del Partido Comunista en julio de 2006, pero que no presentó formalmente su renuncia porque no lo creyó "necesario", Fidel Castro miente.

De haber querido realmente ceder su puesto de máxima autoridad de la nación (por encima del Estado y del gobierno), según establece la estalinista Constitución vigente, lo habría hecho formalmente y no de la manera tan poco clara en la que deliberadamente continúo ocupando el principal cargo del régimen y conservando, así, su poder de veto de las decisiones del gobierno.

Recordemos que cuando Castro delegó sus funciones —como un monarca absoluto— en su hermano Raúl y en otros seis jerarcas elegidos por él, lo hizo convencido de que en poco tiempo estaría de regreso a sus funciones habituales. Confiaba en su tradicional fortaleza física.

Pero en la intervención quirúrgica contrajo una infección generalizada en el sistema digestivo y estuvo al borde de la muerte. Debido a este revés, su recuperación no sólo se hizo lenta y difícil, sino que en realidad nunca se completó del todo.

Forzado por la adversidad, al no estar físicamente apto para ser reelegido en su cargo, el viejo caudillo manipula los hechos y dice que él cedió su puesto y no lo ejerce desde 2006. Falso. Castro nunca ha renunciado a nada por voluntad propia.

Cuando Carlos Lage y Felipe Pérez Roque fueron acusados por él mismo de "indignos" y de saborear "la miel del poder" —miel que él mismo disfruta desde 1959—, de inmediato se reunió la cúpula partidista y ambos fueron expulsados del Buró Político y del propio partido comunista. La decisión la tomó Castro (eran hombres suyos) y por tanto sí ejerció su cargo de jefe del Partido al que supuestamente había renunciado. La marcha atrás de Raúl a sus promesas reformistas hechas en julio de 2007 fue decidida también en las sombras por el dictador.

Ahora el problema es qué salida se le va a dar al retiro formal, o no, de Fidel. El asunto es tan delicado que, entre otras razones, por eso el VI Congreso del Partido Comunista (PCC) se ha venido posponiendo desde febrero de 2008.

No importa cuán enfermo y achacoso esté, Fidel Castro se percibirá siempre a sí mismo como el hombre más genial que ha nacido nunca en Cuba y en las Américas. Tal como se concebía a sí mismo el Rey Sol, Luis XIV de Francia: L’Etat c’est moi, no cabe duda de que Castro asume que la revolución es él.

Con semejante ego, Castro I no aceptará retirarse con las manos vacías a su mansión de la Zona Cero. Sin embargo, las cosas no pintan muy bien para él, cada vez menos respetado por la propia nomenklatura que ahora lo percibe como el principal obstáculo para realizar las tímidas reformas que necesita el régimen para no sucumbir.

Los funcionarios castristas se burlan en privado de las tonterías que escribe o dice el "soldado de las ideas", y comentan lo que filtró Wikileaks: al parecer Fidel padece un irreversible proceso de deterioro de sus facultades mentales que lo llevarán a cometer muchas más pifias como esa de que "el modelo cubano no funciona".

El congreso no decide

Sin duda, la casta gobernante y el generalato ya tomaron una decisión. Ningún congreso del PCC aprueba ni decide absolutamente nada. Todo es cocinado y acordado antes por la élite superpoderosa.

¿Y cuál es esa decisión? Se vislumbran cuatro escenarios posibles. El primero sería crear un cargo para Fidel como el de Presidente del Partido, por ejemplo, u otro más rimbombante como el de Máximo Líder de la Revolución, o Comandante en Jefe de la Revolución. El problema es que Fidel insistirá en que dicho cargo tenga poder real para mantener su poder de veto. Por su parte, es probable que el generalato y los raulistas presionen a Raúl para que, aunque con privilegios de todo tipo, el cargo en cuestión sea simbólico.

Un segunda posibilidad sería una salida a lo Deng Xiaoping, el iniciador de las reformas capitalistas en China, quien se retiró como jefe partidista pero que hasta que murió a los 93 años de edad (en 1997) siguió siendo el líder "espiritual" de la nación.

Hay, empero, una diferencia. Deng siguió teniendo derecho de veto porque era venerado como el abanderado de las reformas económicas. Fidel Castro, en cambio, es quien precisamente se ha opuesto siempre a cualquier reforma. Una solución tipo Xiaoping dejaría al comandante colgado de la brocha si Raúl muriese (va a cumplir 80 años), pues es únicamente su hermano quien le mantiene artificialmente la "lealtad" de la nomenklatura.

Pese a todo, no se puede descartar del todo una reelección del caudillo. Pero sería un grave error por dos motivos: 1) provocaría un enorme malestar en la población, en la mayor parte de la  nomenklatura, en el generalato y en el pujante empresariado paramilitar que ya se convierte en la nueva burguesía criolla; y 2) haría trizas ante la comunidad internacional la credibilidad de las "reformas" raulistas.

Un cuarto escenario sería que a Fidel no se le diese ningún cargo, ni siquiera simbólico. Esto podría ocurrir si Raúl no fuese el dictador sustituto. Pero mientras lo sea, el comandante será tratado con la "dignidad" que su hermano cree que se merece.

O sea, la creación de un cargo honorario para Fidel Castro parece la opción más probable.

En cualquier caso, para el anciano caudillo su retiro formal o real no será total, pues el nuevo jefe oficial será Raúl, y todo quedará en familia.

Irónicamente, lo mejor para Cuba sería que la gerontocracia castrista reeligiese a Fidel o le diese un cargo con poder real. Tarde o temprano ello produciría una ruptura en la cúspide dictatorial que podría arrastrar incluso al propio Raúl y crear una nueva dinámica político-militar en la isla.

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