Martes, 12 de Diciembre de 2017
11:12 CET.
Opinión

El problema de los bombardeados

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Hace muchos años, cuando intentaba infructuosamente ser poeta, escribí algo sobre el tema de la población civil en circunstancias de guerra. Creo haberme inspirado en un texto de Roberto Fernández Retamar titulado "Están bombardeando Hanoi", donde se insinuaba la posibilidad de que algún día pudiera ocurrir lo mismo en La Habana.

Al final, en lugar de un poema patriótico me salió uno conflictivo, adjetivo éste de moda entre los críticos literarios de la época del Quinquenio Gris. Con independencia de mis pocas dotes de versificador aquello resultaba impublicable porque se me había ocurrido aludir a lo contradictorio del concepto "población civil" en un país donde públicamente se declaraba que todos éramos soldados.

¿Se acuerdan de aquellos pioneritos jurando que estaban dispuestos a trocar sus libretas por fusiles? Pues bien, ahora las bombas están cayendo sobre Trípoli y aunque los jóvenes de Hanoi apenas quieren escuchar nada sobre la guerra y aunque Retamar apenas escribe, he vuelto a pensar en la malsana idea de que un día pudiera tocarnos a nosotros. ¿Acaso no hemos hecho la comparación entre ambos países, especialmente entre ambos gobiernos? Pudiera creerse que por el mero hecho de introducir la frase "salvando las diferencias" ya no seremos bombardeados, pero me temo que el conjuro no funciona de esa forma.

Leo la declaración del MINREX cubano condenando la intervención armada donde se dice que estos conflictos deben resolverse mediante el diálogo, pero allí no me aclaran en qué quedó la iniciativa de Hugo Chávez para que los cancilleres del ALBA hicieran de mediadores. Tampoco encontré una condena explícita a los ataques de Gadafi contra su propio pueblo.

Ahora mismo hay unos niños asustados por las explosiones, gente inocente muriendo, cuerpos mutilados bajo los escombros de sus casas. A ninguno le dicen Chicho o Cuco, ni Lola o Cachita, pero son gente como nosotros que ese día iban a su trabajo o a visitar la novia, muchachos que se escapaban de la escuela para hacer alguna travesura, ancianos que se quedaron solos esperando a la señora que venía a cuidarlos.

Los de Trípoli conocen ahora en carne propia lo que días antes sufrieron los de las ciudades rebeldes. Los unos y los otros se identifican bajo esa abstracción que se da en llamar la población civil. Los unos y los otros juraron defender hasta la última gota de su sangre algo que probablemente se esté despedazando en este instante.

El problema de los bombardeados, actuales o potenciales, de un bando o del otro, es que nunca van a entender que haya una causa justa para recibir un castigo inmerecido. El dolor físico y espiritual que ocasiona un bombardeo contra la población civil, incluso contra un solo poblador civil, impide determinar con claridad quién es el culpable y quién el que vino a salvarnos.

Salgo al Malecón donde los habaneros toman el fresco de la noche, compran o venden algo o buscan una pareja. Unos reclutas del servicio militar obligatorio coquetean con unas muchachas de la escuela de enfermería. Tienen un año más que mi hijo que, por el momento, es un civil.

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