Lunes, 11 de Diciembre de 2017
19:42 CET.
Opinión

Salvando al soldado Alan (Gross)

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Si tanto le indigna al gobierno de Estados Unidos el abuso de un ancianito demócrata secuestrado por la justicia cubana, que bombardeen quirúrgicamente su cárcel y luego manden a un comando de Hollywood para rescatar a Alan Gross live para el History Channel y online en la www. El diferendo entre el monolito de Washington y el de la Plaza de la Revolución sería así al menos un poco menos predecible. Pues cada vez que la inteligencia de La Habana intuye un acercamiento entre el "monstruo" y la islita, sobreviene entonces el golpe de teatro de otra nueva (vieja) agresión imperialista.

El resto de la película lo conocemos de memoria. Los halcones de Washington se harán los duros, aunque a estas alturas de la historia nada podría salvarlos de su rol de palomas en el caso de la revolución cubana. Habrá 20 de Mayos donde se prometa muy pronto una patria bilingüe con todos y para el bien de todos (APLAUSOS). Habrá paquetes de medidas expeditas para presionar a los tocororos de La Habana, los que las digerirán con gusto, como si fuera ese alpiste imprescindible para resistir medio siglo más. Se cortarán los precarios puentes potenciales. Se congelarán cuentas y convenios. Y Cuba quedará por otro spam de tiempo con las manos libres para dictar el destino despótico de millones de ciudadanos, que seguiremos marchando felices de efeméride en funeral en efeméride, mientras esperamos nuestra visa definitiva para escapar a cualquier otra parte (sea en misión médica a Venezuela o a trabajar voluntario en un kibutz israelí).

Más que de un guión viejo, se trata de una treta patética, teatro plagiado de aquel story-board piñeriano de Dos Viejos Pánicos. En pleno siglo XXI, el miedo al enemigo nos obliga a crearlo, a creer en él más que en nosotros mismos como nación. Siento tener que teclearlo tal cual, pero el pueblo cubano queda otra vez como un zombi mitad soez y mitad zoquete, rebaño de emigrantes enmudecidos que recortan figuritas del periódico para no pensar en nada, para esquivar toda culpa, para comprometernos menos de cara a las autoridades (todos legitimamos el Permiso de Salida, por ejemplo, cada vez que civilistamente se lo pedimos a un funcionario uniformado), para no causar el menor escandalito interno ante eso que los teóricos occidentales llaman gobernabilidad.

Todo esto sin descontar la paranoia popular, no por desatinada menos sabia: ¿y si el contratista Alan Gross fuera también un contratado de la propia Seguridad cubana, para meterlo en el juego judicial justo cuando convenía complotar una crisis con el buenazo de Obama (una especie de Sexto Héroe de utilería para cambiarlo por los Cinco originales acusados de espionaje en EE UU)? A falta de retórica revolucionaria, capítulos ad infinitum de una telenovela de policías html y villanos de bits satelitales.

Lo cierto es que el mensaje de los militares al mando en Cuba no puede ser ahora más "alto y claro": con internet viene incluido el demonio de la democracia y el caos no estatal. Ahí está todo un arcoiris de revolucioncitas pacíficas para demostrarlo (la de Cuba iba a ser la Blanca, cuando católicamente se deportó). Ahí están no pocas carnicerías en el nombre de Alá, el misericordioso. Ahí está hasta la bufonada de un "alzamiento cubano" en Facebook, al que sólo asistieron los blogueros oficialistas para burlarse quién sabe si de sus propios agentes secretos en el extranjero.

Cuando un Estado ya no sabe ni narrar, la paz peligra. Sin nuestras guerritas más o menos gratuitas o groseras, diríase que no hay garantía de estabilidad social. Cuba hoy por hoy está volcada a un vacío semántico sobrecogedor. Se inventa por puro voluntarismo un congreso del Partido Comunista y, a la par, se "acuartela" en secreto al personal de los hospitales por si hay protestas ante las medidas antipopulares. Se abre el baúl de las licencias cuentapropistas y de antemano se afilan las resoluciones que aplicarán a rajatabla multas y cárceles por corrupción capitalistoide. Se extiende un cable de fibra óptica y se amenaza con que la conexión de banda ancha a la web es exclusivamente un derecho del pueblo (y por lo tanto de ninguno de sus ciudadanos). Se premia con la venia de Dios a "peligrosos" presos políticos con un pasaporte sin Permiso de Entrada (el mismo dilema trágico de la visa o la barbarie) y se recluye a un cowwwboy anciano cuando a decenas de periodistas, políticos y activistas pro-democracia se les ha negado profilácticamente la entrada cuando tratan de pasar como turistas.

Si tanto le indigna al gobierno de Estados Unidos esta intentona de Grossgate, que busque bien entre las mangas de los trajes de alta costura y las guayaberas de la baja política. Es la hora de sacar una carta no tan cómodamente convencional. Si el presupuesto de rodaje no les alcanza para aventurarse en una epopeya en 3D en aras de salvar a su contratista Alan, al menos no abandonen al pueblo cubano a su suerte de espectador cautivo en un set obsoleto de La Habana.

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