Sábado, 16 de Diciembre de 2017
11:42 CET.
Examen del raulismo

Tres años perdidos en mediocridad, corrupción y ruina

Raúl Castro cumple tres años en la presidencia del país. Bajo un orden político distinto al que existe en Cuba, habría sobrepasado ya la primera mitad de su mandato como presidente constitucional y sería hora de recuento. ¿Qué ha sido lo más positivo y lo más negativo de este período?

Juan Antonio Blanco

El gobierno de Raúl Castro padece una paradoja insoluble. Comprende —no es que desee— la inevitabilidad de realizar cambios que puedan fortalecer y prolongar el poder de la elite sobre la sociedad, pero teme apartarse demasiado del modelo totalitario absolutista con el que se ha gobernado hasta hoy.

Subyace en ese dilema la tensión entre el control y la persuasión. ¿Cuál de las dos herramientas ofrece más garantías a su supervivencia como casta dominante? ¿A cuánto control sobre otros actores sociales —el mercado, los artistas e intelectuales, los jóvenes y afro descendientes— podría renunciar la elite de poder en aras de ganar aceptación? Raúl Castro —entre las presiones de su conservador hermano y la inútil lealtad de una burocracia tan corrupta como ineficaz— ha perdido tres años de gobierno sin decidir su propio camino de forma resuelta y clara. Eso le va a costar.

Nadie es líder por decreto sucesorio. Como dijera un académico —por cierto, muy lejano de ser sospechoso de tener afinidades por la oposición— el nuevo grupo dirigente y su actual "máximo líder" tienen tanto carisma como una botella de agua mineral sin gas. La pregonada vocación institucional de Raúl Castro vale poco en un hasta ahora inconmovible contexto de mediocridad, corrupción y ausencia de mecanismos críticos de auto corrección.

Su hermano no escuchaba a los demás. Pero Raúl Castro todavía no ha demostrado que no desea escuchar lugares comunes e idioteces.

Ha sacado de sus cargos a aquellos más cercanos a su hermano para sustituirlos con otros elegidos por él. Pero el nuevo equipo —al que todavía pertenecen algunos ejemplares del jurásico cubano como Machado Ventura— no se ha destacado todavía por su eficacia o sensatez.

Ausentes en el equipo de toma de decisiones están las mejores cabezas de la academia cubana, que venían anunciando esta crisis desde hace décadas. Les permite hablar más que antes; es cierto. Pero los nuevos ministros no parecen perturbados por ese dato. Oyen, pero no escuchan. Algunos destacados nuevos "dirigentes" administrativos anuncian la construcción de numerosos campos de golf en un país donde hay una crisis del manto freático, y otros explican que el sector privado emergente será recargado de impuestos que desalienten la contratación de mano de obra para evitar que se enriquezca y fortalezca.

Mientras tanto, el tiempo sigue pasando entre medidas insuficientes y a cuenta gotas que el marketing político del régimen ya no logra vender dentro ni fuera del país. La arriesgada premisa detrás de ese sentido de atemporalidad administrativa es que, al margen de su ineptitud y sordera, allí nunca sucederá nada.

 

Maite Rico

¿Qué han traído de bueno para Cuba los tres años de "raulismo"? Repaso la hemeroteca. Hurgo en la memoria. Ya lo tengo: que las máscaras han caído. La ruina económica ha obligado al régimen a reconocer, ante los cubanos y ante el mundo, su propio fracaso. Y la muerte de Orlando Zapata ha destapado el lado más siniestro de la dictadura, su racismo, su desprecio por la vida. Por lo demás, los malos siguen al frente de la nave desvencijada y sin rumbo, como una banda de piratas ebrios, mientras que a los buenos, condenados a remar en la oscuridad, el agua ya les empieza a llegar al cuello. Y como colofón, las apariciones fantasmagóricas de Fidel, ya sea en chándal o en uniforme verde olivo, para recordarnos que no se ha ido.

Lejos ha quedado la expectación que generó la llegada de Raúl a la presidencia, en febrero de 2008. Había que ver los titulares de entonces: "La segunda revolución cubana ha comenzado". "Castro abandona el poder". "Cambio en Cuba". "Nueva era política". Se aventuraba un nuevo estilo de gobierno, un relevo generacional, el fin de muchas prohibiciones…

Pero hete aquí que después de autorizar la compra de teléfonos móviles y ordenadores, y el alojamiento en hoteles (medidas todas al alcance de una exigua minoría), a Raúl se le acabó el fuelle, y mandó parar allá por el mes de julio, justo cuando la gente esperaba lo importante: la flexibilización de los trámites migratorios y la eliminación del permiso de salida. "Hay que acostumbrarse no solo a recibir buenas noticias", dijo sin sonrojarse.

Y en efecto, a partir de entonces todo han sido malas noticias. Los campesinos no tienen medios para explotar las tierras que les había cedido el Estado en usufructo. La zafra desciende a los niveles de 1905. La falta de liquidez ahoga al país. Hay desabastecimiento general y recortes drásticos de electricidad. Ni el petróleo de Hugo Chávez ni el maquillaje estadístico pueden ocultar la debacle de medio siglo de castrismo.

Con el país sumido en la miseria, al régimen no le ha quedado más remedio que reconocer su propio fracaso. Lo bueno de Raúl es que ha hecho un diagnóstico oficial del desastre. El Estado no funciona. No hay producción, y sí mucha corrupción. La educación hace aguas, Granma dixit. La sanidad está por los suelos. Otra cosa es la asunción de responsabilidades. Porque la culpa, ya se sabe, la tiene el embargo, perdón, el bloqueo, o los huracanes, o la crisis financiera internacional… Y el Estado cubano también, porque no se puede ser tan bueno y tan desprendido, que luego la gente se te vuelve huevona.

"O rectificamos pronto al borde del precipicio o nos hundimos", ha proclamado Raúl.

Y el Gobierno rectifica. Recorta subsidios. Elimina comedores obreros. Saca las patatas y los guisantes de la libreta de racionamiento. Puros "vicios paternalistas". Y finalmente, diseña un plan para poner de patitas en la calle en los tres próximos años a 1,3 millones de empleados públicos, que tendrán que buscarse la vida en el vacío, porque no hay infraestructura privada en la Isla. Eso sí, el régimen ya ha anunciado que no tolerará protestas en la calle. Ya está bien de consentir.

Y llegados a este punto es donde me asombra el silencio de los cubanos. Puedes aguantar cinco décadas de represión. De consignas. De censura. De fiscalización de tu vida privada. De economía de subsistencia. De mercados vacíos. De ver cómo las viviendas, los edificios y el transporte se vienen abajo. De arbitrariedades y discursos interminables del prócer. Pero que después de todo eso, cuando ya has tocado fondo, vengan los responsables del naufragio a humillarte, y a decirte que estás muy mal acostumbrado a la generosidad del Estado y que ya va siendo hora de que te espabiles… A ver, ¿eso es o no es para ir con antorchas a la plaza de la Revolución?

En estas semanas, la ira popular ha derribado en el mundo árabe regímenes que parecían inamovibles. Todo empezó con un hombre, el tunecino Mohamed Buazizi, cuya desesperación se desbordó el día en que una inspectora prepotente le confiscó el puesto de fruta con el que mantenía a su familia y le llevó a inmolarse en una plaza. La muerte de Buazizi encendió la mecha, y dos meses y medio después, han caído dos dictadores y un tercero (Gadafi, nada menos, el alter ego magrebí de Fidel), está en la cuerda floja. En Cuba también hubo otro hombre, Orlando Zapata, que se dejó morir de hambre y cubrió de ignominia al régimen. Pero en la Isla nadie se ha movido. Bueno sí, los de siempre: las Damas de Blanco, los blogueros, los periodistas independientes, los disidentes, los presos plantados… Y Guillermo Fariñas, claro, que torció el brazo a los Castro.

Tal vez ahora, cuando se vean en la calle con el trasero pateado aún ardiendo, cientos de miles de cubanos de a pie se planteen que quizás ellos también pueden dejar atrás la doble moral, el miedo y la hipocresía, y expresar en la calle lo mismo que dicen en casa. Solo así dejarán los viejos mamarrachos de reírseles en la cara.

 

Elías Amor

Tres años es un período más que suficiente para evaluar a un gobernante, sobre su capacidad de gestión, su voluntad y claridad de ideas. Raúl Castro no puede recibir una valoración positiva en ninguno de estos tres atributos.

Su capacidad de gestión se le presume algo mejor que la de su hermano. Ha supuesto la adopción de una serie de medidas paliativas de la escasez general, pero poco coordinadas entre sí, que han puesto de manifiesto los graves desequilibrios de la economía y que, en líneas generales, han sido un fracaso (la entrega de tierras, por ejemplo). Más burocracia y control político, combinados con una represión calculada para mantener el miedo en la población. Los Lineamientos son un traje a la medida para consagrar la estructura de poder existente.

Su voluntad es clara. No habrá cambios políticos en Cuba hacia la democracia, la libertad y los derechos humanos. Ni siquiera se acepta negociar la Posición Común con la Unión Europea, y se enjuicia a Gross por actividades que en ningún país merecerían tal castigo.

Es cierto que ha sabido apoyarse en la Iglesia Católica para conseguir ganar tiempo, pero la liberación de presos políticos no constituye un gesto de buena voluntad, sino una maniobra de alcance para liberar presión interna.

En cuanto a la claridad de ideas, no hay motivo alguno para pensar que las cosas puedan cambiar. Ha convocado el Congreso del Partido único cuando le ha venido en gana, maneja el Ejército y la Seguridad del Estado como si se tratase de una guardería infantil, no existe el Parlamento y la división de poderes es nula.

El balance deja mucho que desear, mientras la economía cubana se hunde, alejándose de la onda de recuperación que sacude a América Latina y se abren nuevos frentes todos los días para mantener el conflicto con Estados Unidos, como si la guerra fría no hubiera terminado. 

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