Domingo, 17 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Opinión

El amigo de Gadafi

La cofradía internacional de dictadores pasa por un mal momento. Ya van dos bajas en menos de un mes —el tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak— y un tercero, el libio Muamar el Gadafi, está ahora en la cuerda floja. El vendaval ha desatado las alarmas en Europa y en Washington, preocupados por la ola de refugiados y el suministro de petróleo, pero también entre los pocos dirigentes latinoamericanos que se solidarizan con el enloquecido déspota árabe. Comparten con él una vieja complicidad ideológica y un enemigo común, Estados Unidos y la OTAN. Y lo tienen claro: una derrota de Gadafi sería una victoria para Washington y un golpe a la decrépita hermandad revolucionaria.

Por una vez, el venezolano Hugo Chávez ha sido escueto en sus manifestaciones a favor de su amigo libio, al que no dudó en comparar hace dos años con Simón Bolívar. En cambio, el nicaragüense Daniel Ortega ha llamado personalmente a Gadafi para darle todo su apoyo en esa "gran batalla" que está librando contra una "conspiración". No especificó en qué consistía la conspiración, pero Fidel Castro se ha encargado de la tarea en dos de sus Reflexiones. Castro denuncia allí "el crimen que la OTAN se prepara a cometer contra el pueblo libio" y acusa a "los medios masivos del imperio de [haber] preparado el terreno para […] la intervención militar en Libia, con lo cual, además, garantizaría a Europa los casi dos millones de barriles diarios de petróleo ligero, si antes no ocurren sucesos que pongan fin a la jefatura o la vida de Gadafi".

¿Por qué Castro se toma tan a pecho el caso libio? Dedicó apenas cuatro líneas a la caída de Ben Ali en Túnez a mediados de enero y, un mes después, se mofó de Washington al señalar que "el pueblo egipcio [había] logrado un importante objetivo: derrocar al principal aliado de Estados Unidos en el seno de los países árabes". En cambio, se preocupa por la suerte de Gadafi e, incluso, se pone en su pellejo: "Por mi parte, no imagino al dirigente libio abandonando el país".

No es casualidad si esta Reflexión ha sido publicada en toda la prensa cubana, a diferencia de las anteriores, que solían salir sólo en sitio digitales, para un público internacional. Ahora, el mensaje parece dirigido a los cubanos y suena a advertencia. Si los yankis actúan así en Libia, lo pueden intentar también en Cuba, insinúa Castro, que ve la mano del imperio en todos los acontecimientos mundiales y una quinta columna en todos los disidentes cubanos, se trate de los blogueros o de la madre de Orlando Zapata, muerto después de una larga huelga de hambre. Y si EE UU se atreve a mover a sus "mercenarios" en la Isla para agitar a las masas, habrá una respuesta implacable, como la hay ahora en Libia. Ese parece ser el mensaje implícito.

Los dos dictadores tienen muchas cosas en común y una larga historia compartida, además de una excepcional longevidad en el poder (42 años para el libio y 49 para el cubano, que se retiró de la primera línea en 2008, pero sigue ahí, como el dinosaurio en el cuento de Augusto Monterroso). Ambos han impedido la conformación de cualquier movimiento de oposición interna y han cerrado la puerta a las reformas que no vengan de arriba. El hijo de Gadafi, Saif al Islam, tiene el mismo cometido que Raúl Castro: hacer los cambios necesarios para perpetuar el régimen, no para acabar con él.

Gadafi y los hermanos Castro han estado siempre en la misma trinchera. Cuba mandó asesores militares en 1972 para apoyar a Libia en su guerra fronteriza contra Chad. Ese mismo año, Gadafi fundó la Legión Islámica con unos 10.000 soldados africanos, que están ahora en la vanguardia para defender al régimen y han sido denunciados por su ferocidad (según un reportero británico, habría pilotos cubanos al mando de los aviones y helicópteros que han participado en los ataques aéreos de los últimos días). También, durante décadas, los servicios secretos de La Habana y Trípoli colaboraron para exportar la revolución a través de dos estructuras, el Departamento América y el Cuartel General de la Revolución Mundial.

Tanta sangre compartida crea solidaridad entre déspotas, que se han encubierto mutuamente durante años en ese adefesio llamado Consejo de Derechos Humanos de la ONU (por fin, se ha llegado a un consenso para expulsar a Libia). Ambos están en las últimas, pero ha quedado claro que no harán ninguna concesión. Quieren morir con las botas puestas.

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