Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
02:18 CET.
Editorial

La lección a partir de Zapata Tamayo

Hace un año las autoridades decidieron la muerte en huelga de hambre del prisionero Orlando Zapata Tamayo. Raúl Castro restó importancia al hecho ante un grupo de periodistas extranjeros. Procuró hacer creer que su mando se encontraba más allá de cualquier presión y que podía desoír las voces que le exigían cambios.  

Contra la memoria de Zapata Tamayo fue empleada la maquinaria de descrédito que el régimen reserva a los opositores. Ejercieron violencia contra su madre y su familia. Resultó reprimida toda manifestación de duelo y homenaje ante su tumba. La policía mantuvo un cerco intermitente sobre Banes.

Sin embargo, el año transcurrido desde entonces ha venido a demostrar cuán equivocadas estaban las pretensiones de inmovilidad del gobierno. Ha venido a demostrar cómo la acción concertada de una incipiente sociedad civil puede obligar a las autoridades a adoptar cambios. Unos cambios todavía insuficientes, sumamente sinuosos, pero reveladores de cómo ha de empujarse hasta la negociación.

La muerte de Orlando Zapata Tamayo y las posteriores acciones emprendidas por disidentes y opositores significaron una pérdida considerable para la imagen de la administración castrista. Hoy la prensa internacional refleja la violencia constitutiva de esa administración. Congresos, partidos y sindicatos de diversos países, silenciosos hasta hace poco respecto a la situación en Cuba, han expresado su preocupación y condena. Y, tal como evidencian las críticas hechas al gobierno cubano en el Comité para la eliminación de la discriminación racial de la ONU, no ha pasado inadvertido el hecho de que muchas víctimas de la represión pertenecen a la población negra.

La presidencia de Raúl Castro, que cumplirá mañana tres años de establecida, persiste en su política de violación de los derechos humanos. Los prisioneros excarcelados vuelven a sus casas para encontrarse con actos de repudio. Las excarcelaciones se traducen en destierros y licencias extrapenales. La apuesta gubernamental por los cambios resulta, si no una farsa, demasiado ineficaz para una sociedad tan urgida de transformaciones.

En estas circunstancias, se hace imprescindible presionar concertadamente sobre las autoridades, ejercer modos solidarios de acción. Es necesario entender que la lucha por el cambio no solamente aboga por el fin de un régimen dictatorial, sino también por el establecimiento, desde ya, de principios válidos para una sociedad futura.

Esta puede ser la lección a partir de la muerte de Orlando Zapata Tamayo. No hay mejor homenaje a su memoria que el ponerla en práctica.

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