Jueves, 14 de Diciembre de 2017
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Opinión

El tercer pilar

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Nuestro proyecto de país debe sustentarse en tres grandes pilares: el Estado, el mercado, y la sociedad civil. Cada uno tiene diferente naturaleza y fin, de ahí la singular importancia de cada uno, pero los tres están muy interrelacionados.

A lo largo de la historia, la sociedad civil ha sido relegada a un segundo plano. En determinados modelos políticos aplicados en el siglo XX el Estado y el mercado se han turnado la primacía, dejando en la periferia o en la nada a la sociedad civil. Y es que la propia historia de la humanidad, tal y como se cuenta, es la del poder (político, económico, religioso), ya sea para recordar su esplendor, traiciones o decadencia, pero siempre sobre o desde el poder, y la de Cuba no ha sido la excepción.

En el comunismo, la exclusión histórica y real de la sociedad civil es más aguda. En palabras del ex presidente checo Václav Havel: "El comunismo […] jamás podría coexistir con una auténtica sociedad civil. El ataque más decisivo que acompañó a la instalación del poder comunista en todas partes fue el ataque contra la sociedad civil". Las organizaciones que deberían aportar sustancia y dinámica a la sociedad dejan de existir o pasan a ser simples correas de transmisión del poder político, tal y como sucede en la Isla con la Central de Trabajadores de Cuba, hoy principal valedora de la política de despidos y recorte sociales del régimen.

Hay muchas razones por las que nuestro país necesita una sociedad civil activa ahora y en el futuro. Para Dagoberto Valdés, la reconstrucción de "ese tejido o entramado de asociaciones y grupos que ocupa un amplio espacio de autonomía y participación libre entre el Estado y los ciudadanos" es un proyecto apremiante por diversas razones, entre ellas: para que el diseño del proyecto social no vuelva a caer en manos de un grupo o persona "iluminada"; para que la democracia tenga una base social educada y ejercitada en ella; para no caer en una partidocracia y; para que las instancias intermedias denuncien los excesos del Estado.

En palabras de Tocqueville (1805-1859): "en los países donde no existen tales asociaciones, si los particulares no pueden crear algo semejante, no veo ningún otro dique que oponer a la tiranía, y un gran pueblo puede ser oprimido impunemente por un puñado de facciones o por un hombre".

En la actualidad, la sociedad civil e internet son los dos principales escenarios en los que se desarrolla la batalla cultural, entendida ésta como la del pensamiento y las propuestas, no como la de las consignas. Es en ese "entramado" de asociaciones, universidades, think tanks, clubes, fundaciones, iglesias, medios de comunicación, colegios profesionales, etc., donde se generan las ideas que sirven de fundamento a la acción política, pero es también donde se establecen mediante procesos complejos las pautas culturales de la propia sociedad. En el caso cubano, la hegemonía de la cultura democrática y libre tendrá que ir lográndose ahí, ya sea para que empuje al cambio o para que lo acompañe.

En la mayoría de los diversos procesos de transición hacia la democracia del pasado siglo y del actual, la sociedad civil ha jugado un papel importante: unas veces en la delantera, como en Perú, Egipto y Túnez; y otras acompañando a los políticos como en Chile, España, México y Panamá. A unos países les ha ido mejor que a otros, pero nunca tan mal como aquellos donde los cambios han sido monopolizados por la clase política o donde el tejido social no llegó a regenerarse lo suficiente como para ser voz crítica en la nueva realidad.

La sociedad civil cubana se abre paso gradualmente bajo difíciles condiciones, pero algún día habrá que establecer las bases políticas y legales del respeto a ésta. Ellas serán: el pleno respecto a los derechos y libertades individuales y a la libre asociación y reunión. Con este propósito habrá que aprobar una Ley de Asociaciones que garantice plenamente esos derechos sin que se vean condicionados por la realización de determinados fines ideológicos, tal y como sucede bajo la actual Constitución.

Ello también implica un compromiso para todo ciudadano, concretamente: vencer la desconfianza que pesa sobre el otro, superar el modelo caudillista y romper con el espíritu sectario. Y algo muy importante, romper con la cultura de las adhesiones inquebrantables que también existe en ciertos sectores de la oposición y el exilio. 

Este es el tercer pilar de un modelo para Cuba, en el cual el Estado y el mercado no lo serán todo. Modelo en el que los cubanos necesitarán un tejido social que les acompañe en el difícil recorrido de su regeneración como personas y como ciudadanos. 

 

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