Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Opinión

Zanjar el pacto

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Es curioso que una relectura del pasado arranque con la confusión entre historia e historiografía, al definirse la primera como "sucesión de hechos realizados primero e interpretados después". O peor, que todo el análisis se cobije bajo el paraguas semántico El Pacto de Zanjón, un hecho político, como si no lo fuera todo acuerdo entre bandos para poner fin a la guerra, id est: la continuación de la política a sangre y fuego.

La cosa sigue empeorando al considerarse "hecho histórico indiscutible" que la Guerra de los Diez Años "comenzó liderada por hacendados criollos blancos [y] terminó con el liderazgo de negros, mulatos y blancos pobres". Aquella guerra terminó por acción del Comité Centro (Emilio Luaces, Rafael Rodríguez, Enrique Collazo, Ramón Pérez Trujillo, Ramón Roa, Juan Bautista Spotorno y Manuel Suárez), tras disolverse el gobierno mambí. En ambas instancias brilló por su ausencia semejante liderazgo de tez oscura y pobreza irradiante. Y entre los protestones, ni siquiera Antonio Maceo, quien a unos 45 días de romperse el corojo salió (mayo 9, 1878), con permiso de Arsenio Martínez Campos, en el barco español Fernando el Católico para Jamaica, pasó más allá de la jefatura fugaz del Departamento de Oriente, siendo Vicente García general en jefe del Ejército Libertador y Manuel de Jesús Calvar, presidente de la República en Armas. El brigadier negro Guillermón Moncada mandaba en Guantánamo, pero Juan Rius Rivera lo hacía en Holguín y Flor Crombet, en Santiago.

La tesis que justifica el título es la conexión libresca de la política, como el arte de lo posible, con el Pacto del Zanjón, como "lo posible en aquel momento", ergo el Pacto del Zanjón fue algo político. Así se oscurece que, además de posible (por algo se firmó), aquel pacto vino forzado por la sencilla razón de que los mambises perdieron la guerra.

Sin embargo, el despiste mayúsculo es colar aquel pacto en una relación de "fundamento para todos los movimientos sociales posteriores", ya que habría concedido a los cubanos "las libertades de prensa, de asociación y de reunión". Siempre es bueno saber de qué se está hablando. El Pacto del Zanjón reconoció esas libertades en el mismo sentido denunciado por Martí: "la dichosa libertad [que] permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir" (El Diablo Cojuelo, enero 19 de 1869).

Además de la capitulación incondicional de los mambises y el reconocimiento del gobierno español como máxima autoridad en Cuba, los vencedores impusieron también que los partidos políticos se formaran siempre "que no lucharan contra el poder español", y que la libertad de prensa y reunión se ejercieran "mientras no sirvieran para atacar a España".

La analogía con el castrismo es evidente. A casi un siglo de aquel pacto, la constitución socialista (1976) formuló que "ninguna de las libertades reconocidas a los ciudadanos puede ser ejercida (…) contra la existencia y fines del Estado socialista" (Artículo 63). Y no podía esperarse menos que Castro reflexionara: si no iban a luchar contra su poder, ¿para qué otros partidos?

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