Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Reformas Económicas

¿Paternalismo del Estado?

En las últimas semanas el diario oficial Granma ha venido insistiendo en que con los cambios emprendidos por el gobierno de Raúl Castro el Estado socialista cubano dejará de ser paternalista.

Serán echados a la calle más de un millón de trabajadores estatales —sin que haya aún un sector privado que pueda asimilarlos— que no recibirán subsidios, se suprimirán gratuidades, se cierran ya los comedores obreros, la libreta de alimentos subsidiados desaparecerá lentamente, se harán más "racionales" los servicios médicos, la educación y los deportes. En el sector cultural no habrá subvenciones para las actividades artísticas. Las empresas no rentables serán desmanteladas.

Estas medidas revelan la inutilidad del socialismo. Los Castro, con medio siglo de atraso y con la nación ya en ruinas, admiten que todo fue un "error" y guardan en el closet el discurso ideológico-político igualitario de que el socialismo es superior al capitalismo porque mientras en este último imperan las desigualdades, el desamparo y las injusticias sociales debido a la "explotación del hombre por el hombre", en el socialismo hay justicia e igualdad para todos, el estado garantiza un empleo estable a cada ciudadano sin el temor a perderlo en una crisis económica cíclica, suministra a todos alimentos subsidiados a bajos precios, y brinda gratuitamente salud, seguridad social, educación, cultura, etc.

Pero no examinaremos en estas líneas las medidas raulistas, sino un "detalle" que pasa siempre de contrabando y confunde a no pocos: ¿Ha habido o hay paternalismo en Cuba?

Los negros arrancados de África desde el siglo XVI al XIX y llevados en condiciones infrahumanas a Cuba y todo el Caribe para ser vendidos como bestias en una plaza pública eran alimentados por sus propietarios, cuando se enfermaban eran atendidos, los vestían, les daban parcelas de tierras o "conucos" para que sembraran viandas y vegetales  y criaran aves de corral; y los dejaban realizar fiestas, danzar y divertirse. Y todo esto gratis. ¿Era eso paternalismo?

El historiador Manuel Moreno Fraginals afirma en su libro El Ingenio, que la alimentación que daban los propietarios a sus esclavos en Cuba satisfacía con creces las necesidades calóricas y proteínicas para cada jornada de trabajo. Cada esclavo —narra Fraginals— consumía diariamente media libra de carne, tasajo, o pescado salado (bacalao), 500 gramos diarios de harina de maíz, además de boniato, yuca, calabaza o fufú de plátano. También comían bolas y tostones de plátano, funche (guisos de maíz), frituras, guisos de quimbombó, viandas con mojos (malangas, plátanos, ñame), chilindrón de chivo, y congrí. Y dos veces al año recibían un pantalón, una camisa, un gorro de lana, un sombrero de yarey y una frazada.

A cambio, los hacendados se apropiaban del producto íntegro del trabajo de sus esclavos en jornadas laborales extenuantes. Eran "instrumentos parlantes", como les llamó el sabio romano Varrón en el siglo I A.C. Los esclavos cubanos eran máquinas de carne y hueso propiedad de un hacendado que podía hacer con ellos cualquier cosa: encadenarlos, azotarlos, y hasta matarlos sin enfrentar cargo alguno ante la justicia.

Algo que se le parece bastante es lo que ha ocurrido en Cuba en términos económicos, sobre todo desde que en marzo de 1968 Fidel Castro estatizó los 60.000 pequeños negocios privados que aún operaban en la isla. Desde entonces, el gobierno se apropia del producto íntegro de los trabajadores, que de cierto modo son también propiedad del Estado, el único empleador del país. Por eso es un error creer, como dice la propaganda castrista, que en Cuba la salud, la educación y todos los servicios sociales son gratuitos.

Nada es gratis

Falso. Son los trabajadores los que subvencionan al Estado y no al revés. Para usar la terminología marxista, los trabajadores pagan esos servicios con la plusvalía generada por ellos, que va toda al Estado. O sea, el gobierno no da a ningún trabajador nada que éste no pague con su trabajo. Y a sus familiares y el resto de la población les cobra con la libertad individual que les cercena.

Falso es también que la clase obrera en un régimen socialista no enriquece a ningún "parásito", como reza la propaganda marxista. No hay un solo caso en la historia en que la nomenklatura comunista dirigente no se haya aprovechado y enriquecido. Y resulta aún peor, porque los capitalistas se enriquecen con las ganancias que producen inversiones y gastos que generan empleos y benefician la economía al aumentar la demanda de consumo, pero en el socialismo los dirigentes se enquistan en el aparato estatal y se enriquecen con el dinero que pertenece al pueblo. Ellos sí que son parásitos.

En los 35 países comunistas que han existido ha proliferado una "nueva clase" rica y todopoderosa —que describió en su momento el disidente yugoslavo Milovan Djilas.

Mariela Castro, por ejemplo, sólo por ser hija de Raúl reside en una mansión millonaria equipada con la tecnología más moderna y rodeada de muros y de guardias armados; y en las paredes cuelgan cuadros originales de pintores por valor de 185.000 dólares.

Al prohibir las libertades individuales, el gobierno comunista no tiene otro remedio que alimentar, vestir y curar, pues la gente no se puede valer por sí misma. La iniciativa privada no existe, como no existía para los esclavos de las haciendas que narra Cirilo Villaverde en Cecilia Valdés, o en las plantaciones algodoneras en el Misisipi del siglo XIX.

El Estado comunista impide la existencia de una sociedad civil independiente. Nadie es libre. Nadie puede crear una empresa y generar empleos y riquezas, ni expresarse políticamente, o elegir la educación para sus hijos.

Uno de los peores estigmas que tiene el comunismo, y que ya los Castro han anunciado seguirá vigente ad infinitum, es que se prohíbe la formación de capital nacional. Sólo el Estado crea capital, o se asocia con inversionistas extranjeros que lo tienen. Si el Estado socialista suministra cuotas de alimentos subsidiados —que desde los años 90 en rigor son inferiores en cantidad y calidad a las de los esclavos— y ofrece los demás servicios sociales es porque no hay nadie más que lo haga, no por generosidad comunista.

En Cuba los trabajadores son tan "instrumentos parlantes" como los del Imperio Romano. No tienen derechos, no pueden votar en elecciones democráticas, ni acceder a internet, televisión, radio y prensa no oficial para enterarse de lo que ocurre en su propio país, sino zumbarse el mejunje propagandístico que cocina el gobierno, dueño de todos los medios de comunicación.

El castrismo ha sido hasta ahora un reciclaje "socializado" (llevado a toda la sociedad) del sistema esclavista al que Carlos Manuel de Céspedes puso fin en su hacienda en 1868 al alzarse en armas contra España.

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