Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Comunicación

El cable, ¿qué cable?

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Con sonrisa mercantil, Y. reparte tarjetas en la Rampa.

Son satinadas y anuncian ofertas de bodas, quinces, disfraces, fotografía y video. Es sábado y a más de dos mil kilómetros de la ventosa esquina habanera donde fomenta su negocio, un cable de fibra óptica, resistente a cetáceos, sismos y colisiones, emprende su viaje submarino de Venezuela a Cuba.

La promoción de Y. incluye la dirección, días y horario, teléfono móvil y correo electrónico. Nada novedoso en La Habana de hoy. Todavía falta un peldaño para llegar a la meca de la publicidad.

"Más adelante pensamos poner una página o aviso en la internet", avanza esta cuentapropista. "Eso vale", advierte.

Por lo pronto, sus aspiraciones no pasan de ser eso: aspiraciones. Al igual que miles de nuevos empresarios cubanos de bolsillo, Y. intentará clavar su bandera en un territorio casi virgen para la incipiente iniciativa privada en la Isla: el ciberespacio.

Ciberpolítica y poder

El gobierno entiende tal escenario no ya como un flanco del campo de batalla política con Occidente, sino como su frente principal, y no suelta prenda. El propio Fidel Castro no demoró en mudar sus iniciales comentarios políticos de Granma al portal Cubadebate, ahora enzarzado en una pelea con Youtube, donde fue cerrado su canal de descargas.

Internet es una "herramienta de exterminio global" que debe ser "controlada". Es una frase que suele atribuirse al ex titular del Ministerio de Informática y Telecomunicaciones (MIC) y uno de los hombres fuerte del gobierno, Ramiro Valdés, recién investido con superpoderes ministeriales.

Sin embargo, el control es poroso. En las páginas mercantiles cubanas de la red, montadas en servidores fuera de la Isla, son cada vez más frecuentes los anuncios de programadores que extienden servicios de diseño informático para lanzar negocios en línea.

"Depende de lo que quieras, así te cuesta. Si es algo convencional, un paladar o un hospedaje, tal vez salga en menos de cien (CUC ). Ahora, si eres artista, como un pintor o un músico, y tienes plata, entonces la cosa es más sofisticada y seguramente encarece", explica un webmaster que lleva años en el giro de los "trabajos particulares", al tiempo que labora en una empresa estatal de diseño.

Puzzle argumental

Aunque el gobierno nunca achacó totalmente la escasa conectividad doméstica a internet a los aprietos tecnológicos, tal hecho fue una sugerencia espléndida para explicar los privilegios del uso social en detrimento del privado y de paso esquivar las críticas internacionales por supuestas prácticas discriminatorias.

En mayo de 2008, el viceministro primero del MIC, Ramón Linares, dijo que por los problemas de "conectividad" y "las restricciones, no se puede pensar que se va ni a abaratar (...) ni a hacer más fácil el acceso a internet".

"Seguirá existiendo la falta de recursos para hacer el servicio más amplio", enfatizó entonces, alegando además la poca densidad telefónica del país —poco más de diez aparatos por cada 100 habitantes— y una rezagada plataforma local de informática que no soportaría una avalancha de conectividad.

Boris Moreno, otro alto cargo del MIC, entró en el debate en febrero de 2009 con un contradiscurso liberal: "No nos interesa restringir el uso de las nuevas tecnologías  de la información y las comunicaciones, sino todo lo contrario".

En declaraciones al diario Juventud Redelde, rechazó "ataques contra el país" en materia de telecomunicaciones, que "se basan en la falsa e injusta apreciación de que se intenta coartar el derecho de los ciudadanos a recibir información".

Según sus propias cifras, hace dos años en Cuba usaban algún servicio de internet  1.400.000 personas, incluyendo las que utilizaban sólo el correo electrónico nacional o internacional. La mayoría de los accesos, 59 por ciento, se originaron desde los  centros de trabajo, 16 por ciento desde el lugar de estudio y 14 por ciento desde los hogares.

Un escritor como Leonardo Padura asegura que el libre acceso a internet puede acabar con "el silencio practicado con frecuencia por la prensa cubana". Actualmente en La Habana los cubanos pueden lograrlo en los cibercafés de ciertos hoteles, pero las tarifas son prohibitivas. Una hora de navegación a cinco CUC es la más barata. Hotel Palco, para más señas.

El gran salto

Oficialmente Cuba se enchufó a Internet en 1996 mediante una lerda conexión satelital, pues Estados Unidos negó el enlace por cable submarino, el más cercano de los cuales pasa a poco más de 30 kilómetros al norte de La Habana.

Con la puesta en función del cable venezolano, previsto para el segundo semestre de este año, Cuba multiplicará por 3.000 la capacidad de transmisión y recepción con el resto del mundo, sin tener que renunciar al nexo satelital. Sin embargo, el salto exponencial que ello supone, no significará "que en agosto haya internet en todas las casas", adelantó el viceministro Moreno.

En 2007, al menos trece países, entre ellos Cuba, fueron señalados como censores de internet de acuerdo con una investigación del periódico Le Monde. La lista negra  incluyó además a Siria, Bielorussia, Turkmenistán, Uzbekistán, China, Túnez, Egipto, Arabia Saudita, Irán, Birmania, Vietnam y Corea del Norte.

"La ola de internet no es fácil de contener y los internautas son a menudo muy hábiles", predijo entonces el diario francés sin conocer a tipos como TL., quien vende accesos tarifados por tiempo.

"La hora a peso" (un CUC), dice como gancho y pregona con aires de sabelotodo: "Es una ganga".

Tal vez el destino no demore mucho un vínculo entre TL. y Y. Sin estadísticas en mano, ella supone que su negocio podría ser visto en la red por segmentos de la burocracia empresarial, algunos profesionales y una miscelánea solvente del mercado informal que a la hora de festejar tiran la casa por la ventana.

"¡A qué niño no le gusta disfrazarse! ¡A qué novia no le gusta verse estupenda! Eso lo hacemos nosotros", explica a una oficinista uniformada que se ha interesado por el servicio. Suenan a eslóganes y lo son. El método promocional de entregar tarjetas en la calle funciona, pero "si muchos tuvieran internet, a lo mejor yo no estuviera parada en esta esquina", confiesa.

"Ahora con el cable, tal vez la cosa mejore", la alienta su interlocutora. "¿Qué cable, señora?, responde, intrigada, Y.

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