Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
02:18 CET.
Corrupción

Falsos Robin Hood

Archivado en

Después de la pequeña ola que levantara en algunos medios la noticia no confirmada de la fuga de otro importante funcionario del gobierno cubano, se ha extendido un discreto silencio en torno al caso. Huelga recordar que —como es habitual— en Cuba la prensa oficial no ha hecho mención del asunto.

Esta vez se trata de Pedro Álvarez Borrego, ex presidente de Alimport, la empresa que controla el comercio con Estados Unidos; el mismo individuo que fuera por mucho tiempo Presidente de la Cámara de Comercio —después de haberse desempeñado como consejero comercial en las embajadas de Cuba en la ex Unión Soviética y Bulgaria en los años de luna de miel con el extinto campo socialista de Europa del Este— y que por varios años fungiera como viceministro de Comercio Exterior.

Álvarez Borrego es uno de los ungidos defenestrados del año recién concluido, supuestamente por haber incurrido  en el más común de los delitos de los acólitos de alto rango de la nomenclatura: corrupción; así que —según se especula— decidió poner el Estrecho de la Florida entre su persona y las leyes revolucionarias… Las leyes del mismo sistema que, desde los primeros años de la Revolución y hasta hace muy poco, le prodigara sus prebendas, mimos y preferencias.

La trama de la fuga, así como los detalles histriónicos y novelescos que la adornan (que salió disfrazado de mujer, que sobornó a funcionarios del aeropuerto, que tenía pasaporte y documentos falsos.…) se cuentan por los enterados en algunas tertulias privadas o en pequeños corrillos de amigos, con un inconfundible tono de alegre guasa: mucha gente se congratula de que el bandido de turno —esta vez en la figura de un funcionario al que sí se aplica con todo su sentido semántico la palabra "desertor"— haya burlado al gobierno de la Isla.

Los más entusiastas especulan que se llevó muchísimo dinero y documentación confidencial sobre las actividades comerciales de Cuba. Y el detalle dramático de la muerte de su esposa en el accidente del avión de Aerocaribbean que se precipitara sobre la región central de la Isla en noviembre pasado, contribuye a imprimir mayor intriga al acontecimiento. Al final, tampoco se puede censurar el disfrute popular de colocar algo más de color y de aderezo al asunto, en medio de la grisura que envuelve la vida nacional.

Pero llama la atención que en estos casos ocurre como en las películas de asaltos de banco, en las cuales los espectadores invariablemente simpatizan con el ladrón que protagoniza el desfalco, burla a la policía y desactiva las alarmas de seguridad para hacerse con el dinero y los objetos de valor de otros individuos. Es casi axiomático en Cuba el principio de "si jodes a los Castro, eres bueno". O al menos, dejaste de ser de los malos.

Así es como a veces se corre el riesgo de fabricar falsos héroes. Y, como aquí lo común es asumir la filosofía del delincuente (quizás porque la supervivencia en un país plagado de prohibiciones nos obliga a delinquir sistemáticamente), los límites entre el bien y el mal se tornan muy difusos. Por eso entre nosotros es natural, por ejemplo, que lamentemos que a Tito, el bodeguero, la policía lo haya sorprendido in fraganti sacando por detrás un saco de azúcar (él, que siempre nos "resuelve" unas libritas "por fuera" cuando se nos acaba), o que el viejo Leo no haya podido sustraer el saco de leche en polvo del almacén (él, que siempre nos reserva unas libritas para garantizar el desayuno de la casa).

La moral de la sobrevivencia, que no entiende de leyes, sino que nace de las condiciones de la realidad socioeconómica en que vivimos, ha desarrollado en los cubanos una percepción peculiar (marginal) de lo que es delito y de lo que no lo es, que se puede resumir en un principio elemental: quien me ayuda a vivir es mi aliado.

No obstante, tendremos que razonar que el caso de Pedro Álvarez Borrego es otra cosa. El suyo no es el de un talentoso deportista sin recursos que escapa porque busca triunfar por su propio esfuerzo en un mundo libre y encontrar las oportunidades que en su país se le niegan. No es el caso de un artista, un escritor, un médico o cualquier simple cubano persiguiendo un sueño de prosperidad a través del trabajo honrado. Tampoco es una nueva especie de Robin Hood justiciero.

Pedro Álvarez Borrego, que ahora quizás sí timó a los Castro, por mucho tiempo nos ha estado exprimiendo a todos. Vivió de este régimen, ayudó a sostenerlo y presumiblemente se apropió de beneficios que no eran ni de los Castro ni suyos, sino de los cubanos. Si, como sostiene el imaginario popular, el señor Álvarez Borrego tiene jugosas cuentas bancarias personales o huyó con efectivo, es dinero que expolió a los cubanos de a pie y no a los gobernantes, y si abandonó con su precipitada fuga a sus mentores de antaño, es porque antes ellos lo habían apartado y condenado a él. Su poder y su cacicato habían terminado aquí.

No se trata ahora de exigir la lapidación de este y otros funcionarios del régimen, que hemos visto caer, sino de hacer justicia. Rodarán otras ilustres testas antes que llegue el final y también —a no dudarlo— mañana veremos surgir nuevos magnates entre los hoy comunistas predicantes de austeridad.

De seguro, no será divertido. El peligroso apego a la chanza y al choteo que profesamos los cubanos por idiosincrasia y "gracia" natural, rasgo sobre el que tanto nos alertaron preclaras figuras de la intelectualidad en la República, puede empujarnos a una homologación de quienes no son iguales a nosotros ni comparten nuestra condición de expoliados, como si todos entrásemos en el mismo saco. No nos equivoquemos: Pedro Álvarez Borrego no es un héroe, ni tampoco ha sido ni será "nosotros".

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.