Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Opinión

Apretar, ¿a quién?

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Los ladrones tenían selladas todas las salidas del banco donde mantenían secuestrados a un grupo de rehenes. Los empleados y clientes que tenían bajo su control desde su intento de robo —algunos ancianos, mujeres e incluso niños— necesitaban comida y medicinas. "Asalten ese banco, maten a esos canallas y acaben con esto de una vez", conminó el político al negociador del SWAT, que lo miró incrédulo: "No creo que los rehenes y sus familiares agradezcan un asalto, ya que muchos, si no todos, morirían". El político no lo pensó ni un segundo: "Con los terroristas no se negocia. Es un asunto de principios. La libertad siempre tiene un precio en vidas y hay que estar siempre dispuestos a pagarla. Si enviamos comida, una parte considerable será consumida por los bandidos y así se prolonga esta situación. Si no la enviamos les daremos una señal de firmeza. Sabrán que no cederemos. Quizás hasta los rehenes se subleven al ver que van a morir si no hacen algo". El negociador de SWAT no se inmutó. "Esos asaltantes ya no tienen salidas. Mi preocupación ahora es proteger las vidas de los que están dentro sin provocar una masacre".

Un debate semejante provocaban los nuevos pasos de la Casa Blanca en su estrategia política hacia Cuba. Las anteriores medidas para los cubanoamericanos ahora serán ampliadas con otras que permiten a personas e instituciones de Estados Unidos establecer intercambios directos —dentro de las restricciones del embargo— con los once millones de cubanos en la isla. De ellos pronto habrá un millón ochocientos mil desempleados que necesitarán dinero, pero también ideas y conexiones para retomar sus vidas con mayor autonomía. Hay quienes ven inteligencia y humanidad en esas medidas. Otros creen inevitable que al intentar ayudar al ciudadano de a pie se fortalezca la postura de aquellos que tienen de rehén a toda la nación. Los críticos de las medidas prefieren "apretar" en la esperanza de que "quizás así lleguen a sublevarse los cubanos".

El debate me trae a la mente la actitud de un comunista español que me criticó con dureza por dar limosna a un desamparado en Barcelona. "Eso nada resuelve. Por ello estoy contra cualquier ONG humanitaria. Refuerzan con sus migajas la opresión capitalista cuando lo que hace falta es que las cosas se vuelvan insoportables para que los pobres se rebelen". Su lógica, curiosamente, tenía el mismo sustrato que la seguida por algunos exiliados cubanos anticomunistas en lo referido a las recientes medidas de la Casa Blanca, solo que se aplica desde barricadas opuestas.

Hace tiempo que dejé de creer en respuestas correctas y exactas a situaciones difíciles. Las hay peores, malas y menos malas, como también existen aquellas que pueden catalogarse de imperfectas pero aceptables. Las soluciones excelentes son raras, por lo que generalmente hay que decidir entre alternativas que no llegan a ser de nuestro total agrado. A lo único que podemos aspirar es a que nuestra opción sea consecuente con nuestra consciencia y a que el odio contra la injusticia no nos obnubile en el uso de la razón.

En lo que a mí respecta, apoyo las recientes medidas anunciadas por la Casa Blanca. Mis razones no caben ya en este espacio, pero quizás las explique en otra ocasión, ya que el tema dará de qué hablar durante algún tiempo. Apenas adelanto la noción de que no creo que para "apretar" al gobierno de la isla haya que apretar aun más a la familia cubana. Pienso que mientras más se ayude al cubano de a pie a recuperar su autonomía económica y moral, más se "aprieta" al gobierno. Pero eso es lo que yo creo. Otros tienen un criterio diferente.

Aquello en lo que todos deberíamos estar de acuerdo es en nuestro derecho a escoger libremente la posición de nuestra preferencia sin tener para ello que acusar a otros por hacer exactamente lo mismo.

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