Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
17:23 CET.
Opinión

Enemigo complacido

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La afirmación del canciller Bruno Rodríguez Parrilla en las Naciones Unidas de que las transformaciones emprendidas por el gobierno cubano "no se proponen complacer los deseos o satisfacer los intereses del gobierno de los Estados Unidos", sino que "responden a los anhelos de los cubanos y a decisiones soberanas de nuestro pueblo", hace pensar que, o se trata de una advertencia absolutamente innecesaria, o en el fondo pudiera encontrarse alguna coincidencia entre los intereses imperialistas y los anhelos del pueblo.

Nunca antes un dirigente de la revolución se había visto en la necesidad de aclarar que los esfuerzos para reducir la mortalidad infantil, aumentar la expectativa de vida, diseminar la educación gratuita o garantizar la seguridad social de los desvalidos, fueran iniciativas que se llevaban a cabo, no para complacer intereses foráneos, sino porque eran una demanda popular. ¿Por qué esta vez se sintió Bruno Rodríguez obligado a hacer semejante precisión?

Facilito. Porque durante casi medio siglo todo aquel que ha criticado el paternalismo estatal —mantenedor de las plantillas infladas del pleno empleo— o ha señalado las injustas condenas a que fueron sometidos los opositores, ha sido sistemáticamente estigmatizado como agente del imperialismo, mercenario de los yanquis, lacayo de la Unión Europea y otras lindezas más. Me gustaría saber desde cuándo estaban enterados los gobernantes cubanos de los anhelos de su pueblo de que se pusieran en marcha las transformaciones con que hoy intentan complacerlo. Es pregunta para calcular cuánto más se van a demorar en satisfacer otras exigencias populares, como son la libertad de expresión o asociación, la libertad de movimiento o de empresa, y en fin el ejercicio de los derechos establecidos en aquella Declaración Universal de la que nuestro país es firmante.

Si a las grandes potencias no les faltara tanto el sentido del humor, podrían jugar a exigirle al gobierno cubano a que siga haciendo todas esas cosas que nos desagradan y tal vez de esa forma se eliminaría la costumbre de encarcelar personas por peligrosidad predelictiva, o se permitiría a guantanameros, santiagueros y camagüeyanos circular libremente por la capital. A lo mejor hasta nos dejarían contratar televisión por cable o tener acceso a internet en nuestras casas. ¿Estará enterado Bruno Parrilla de que el pueblo (también) hace esas demandas?

Suele ocurrir que los deseos de un pueblo coinciden con los intereses extranjeros. Por ejemplo, todos recordamos las campañas internacionalistas en Angola y Etiopía. Durante años trataron de convencernos de que fuimos a morir allí en cumplimiento de un deber, de una deuda que teníamos con África, y que aunque eso coincidiera con los intereses geopolíticos de la Unión Soviética en los tiempos de la guerra fría, la verdadera intención nunca fue complacer al Kremlin, sino realizar una decisión nuestra, soberana y en correspondencia con nuestra ideología.

Aparentemente, de lo que se trata es de no dar la imagen de que se están haciendo concesiones al enemigo, porque cuando los pasos dados por un gobierno en una u otra dirección dan esa impresión, uno puede sospechar que el poder se está debilitando y hasta se llega a pensar que el verdadero enemigo del gobierno ha sido siempre el pueblo.

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