Martes, 12 de Diciembre de 2017
11:12 CET.
Opinión

Cuentas alegres en La Habana

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Una serie de artículos publicados recientemente en Granma me han llamado la atención y, por una vez, no se trata de esas "reflexiones" farragosas de Fidel Castro en su versión apocalíptica. "De no existir el bloqueo", Estados Unidos habría invertido más de 2 mil millones de dólares en Cuba en la última década, aseguraba el diario. Otro artículo, otra queja: "De no existir el bloqueo", casi 1 millón 600 mil turistas estadounidenses habrían visitado la Isla sólo en 2009, y habrían gastado más de mil millones de dólares durante su estancia. Le faltó decir lo más obvio: de no existir la dictadura dinástica de la familia Castro, no habría embargo comercial —"bloqueo" es un término de propaganda para encubrir la ineptitud del régimen— y Cuba sería un país democrático, donde las empresas extranjeras gozarían de seguridad jurídica para invertir.

El periódico de marras oculta un dato incómodo: a pesar del embargo, EE UU es ahora el principal proveedor de alimentos de Cuba, que importa el 80% de lo que consume la población. Y Washington permite, además, que los cubanos del exilio manden unos mil millones de dólares al año a sus familias en la Isla. Es una verdadera ganga para el Estado cubano, que se dedica a esquilmar a sus propios ciudadanos con impuestos draconianos sobre esas remesas y con precios prohibitivos en las tiendas, donde ejerce un monopolio absoluto sobre la comercialización de todos los productos. Con esa política confiscatoria, el régimen compensa ampliamente la falta de inversiones estadounidenses. Esto y el apoyo en petróleo de su aliado venezolano le han permitido resistir hasta hoy a las presiones internas y externas por un cambio político.

En cualquier caso, si Washington decidiera levantar el embargo sin contrapartidas —algo bastante improbable—, los empresarios no harían cola para invertir en la Isla. El problema radica en el recelo que inspiran el Gobierno y sus leyes anticapitalistas. Y las medidas pusilánimes anunciadas a bombo y platillo por La Habana no van a modificar la percepción de los inversionistas. En China, cuyo modelo parece inspirar a Raúl Castro —¡otro disparate!—, no hubo ningún cambio mientras estuvo en el poder el padre de la revolución, Mao Zedong. Ocurre lo mismo en Cuba, donde los promotores del "socialismo o muerte" no van a renegar ahora de la obra de su vida para reconstruir lo que se han dedicado a arrasar durante medio siglo. Esto les tocará a sus sucesores, que aguardan en silencio el desenlace de la pantomima.

Política ficción

Mientras tanto, podemos dedicarnos a la política ficción al estilo de Granma. De no haberse convertido la revolución en una tiranía, Cuba sería hoy uno de los países más avanzados de América Latina, como lo era ya en 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. Los indicadores de Naciones Unidas muestran que los cubanos tenían entonces un nivel de desarrollo político, económico y cultural similar al de Chile, Costa Rica o Uruguay. Eran, incluso, más ricos que los españoles. De la antigua metrópoli llegaban numerosos inmigrantes que huían de la pobreza y de la dictadura franquista. La revolución fue la culminación de un proceso de modernización política, cuyos objetivos eran restablecer la democracia, interrumpida por el golpe de Fulgencio Batista, y hacer las reformas sociales a favor de la población rural, que no tenía acceso a la educación y a la salud.

La megalomanía de un hombre hizo que se torciera todo. Hoy, España es una democracia, mientras su antigua colonia vive bajo un régimen totalitario y está quebrada económicamente. De haber seguido el rumbo anunciado en 1959, habría elecciones libres, partidos de todos los colores, sindicatos de verdad, producción agrícola e industrial —EE UU sería el primer inversionista extranjero, seguido de España— y tiendas abastecidas, como ocurre en Chile o Brasil, dos países donde ha gobernado con éxito la izquierda. Y no habría presos políticos ni cientos de miles de cubanos desterrados por disentir.

De no estar enquistados al poder los hermanos Castro, Guillermo Fariñas no habría hecho una interminable huelga de hambre para exigir la liberación de los presos políticos, y el Parlamento Europeo no le habría otorgado el Premio Sajarov a la libertad de conciencia, que tanto enojo ha provocado en los sectores afines al gobierno cubano. Y, de "no existir el bloqueo" informativo impuesto por la dictadura, Granma habría sido sepultado hace años bajo el peso de sus propias mentiras o, a lo mejor, sería uno más entre muchos otros periódicos.

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