Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Opinión

Penúltimos miedos

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El miedo fue un atributo literario desde George Orwell (en Kafka no hay miedo, sino sospecha) hasta que la Guerra Fría pujó y pujó para tumbar el Telón totalitario de Acero.

En la Cuba cársica de hoy, entre copias digitales del filme 2012 en cada banco de video pirata, a golpe de celulares e internet feudal, con los trompetazos de Fidel Castro certificando que sólo el holocausto atómico sería un remate glorioso para su revolución, el miedo paradójicamente ha dejado de ser una tara genética. El miedo es mentira. Virgilio Piñera, por ejemplo, de pronto ha envejecido como autor desde que plantó su pánico ante el Premier al inicio de la utopía: “sólo sé que tengo miedo, mucho miedo…” 

Pero el miedo cubano es hoy apenas una justificación edípica. Una joda epidérmica, incluso para los mentecatos. Puro paternalismo tras una máscara comodísima de tan inercial. Es un miedo de maquillaje, para nada maquiavélico como en los viejos tiempos del Telón de Acero o Azúcar. Simplemente sucede que nuestras facciones son más reconocibles bajo ese disfraz: somos más auténticos mientras más interpretemos a un personaje de pánico, somos más autóctonos mientras más enarbolemos esa cobardía de atrezo contra la que toda resistencia rebota.

De tanto asumir que nuestro miedo era real, le hemos cogido miedo a la realidad. Un miedo manso. Sobrevivimos en una burbuja estatal de códigos bien estáticos y sería incómodo jugar ahora a la ruleta cubana de la osadía. De tanto asumir que no éramos libres, esa mentira nos sumió. Un mentira mental.

El miedo es, también, un comodín para que el exilio cubano no nos incite en Cuba a dar un paso de más. Para chantajearlos emocionalmente y que por fin respeten (o al menos patrocinen) nuestra impúdica pendejidad. De hecho, el miedo es un espejito mágico para culparlos un poco por su condición de exilio cubano, por abandonarnos en la arena arrasada de un Estado absolutamente obsoleto.

Esta podría ser la verdadera guerrita del durofrío que vive ahora nuestra nación, conflicto de teatro en cuyo guión la CIA y el G-2 tendrán bastante poco que confrontar, pues la pose cubana recluta más agentes que todos los órganos de inteligencia: ese miedo omnisciente nos pone de acuerdo espontáneamente, creando consenso y gobernabilidad. Abandonar semejante colchón de falacias sería hoy, cuando menos, un acto irresponsabilísimo de histeria histórica. El apotegma de San Solzhenitsin, con pespuntes de Declaración de los Derechos Inhumados, en Cuba debiera leerse así: Nadie debe ser condenado a vivir en la verdad… De hecho, la Ley Primera de nuestra república igual pudiera reescribirse como el derecho de todos los cubanos a la hipocresía plena del hombre.

En Cuba sólo los extranjeros sufren aún miedo material (puede que los muertos también sufraguen el mito), pero es sólo un reflejo de sus malas lecturas este-europeas. En cuestiones de paranoia, la cultura aconeja y la ignorancia salva. En especial, a los extranjeros de izquierda se les nota peculiarmente aterrados a la hora de, por ejemplo, darle la mano a un disidente en un cafetín (el contacto conceptual prestigia; el contacto físico contamina): muy en especial, esos extranjeros de cierto ámbito académico que, sin la Revolución Cubana, según lo intuyera Ernesto Che Guevara, tendrían que suicidarse como clase social a falta de materia prima para sus becas de PhD.

Menos miedo todavía tienen los funcionarios en el poder. Muchos desconocen técnicamente que están en el poder. Ordenan sus papeles más o menos represivos y se van de vacaciones hasta que pasen los disturbios de este o aquel verano (basta con la policía para propinar bastonazos). La nomenklatura habita operativamente una suerte de infancia laboral que a veces deviene infarto laboral: hay más despidos entre los oficialistas que a costa de la oposición. En tanto vieja guardia, estos “cuadros” se han convertido en la retaguardia del proletariado. Su cansancio es comparable al de ángeles caídos entre las firmas nunca en firme de la próxima resolución, sea represiva o de liberalización.

Los cubanos simplemente no desean participar demasiado. No quieren ser involucrados del todo. Permítasenos un poquitico de paz póstuma, por favor. El protagonismo es tildado de pataleta patética. No hay peligro mientras no pretendamos protagonizar a este país: ser extras es una garantía de éxito y sólo el discurso del miedo nos permite como pueblo permanecer en el closet. Ese es nuestro artero arte de la post-política. Acaso un complot de cero convocatoria. Nadie calcula lo que se cocina clandestinamente aquí. Suiza o Haití: en Cuba todo ya bulle, pero sin bulla.

Por el momento, a falta de tics democráticos constitucionales (sin envidiar esos lujitos que el exilio cubano exhibe en el resto del mundo), supongo que plagiar a Epicuro sea un óptimo epitafio para nuestro velorio de la verdad: “vive en secreto, muy en secreto…”

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