Martes, 12 de Diciembre de 2017
13:04 CET.
Opinión

Lo que no cambia

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A lo largo de medio siglo, ese fenómeno de la historia latinoamericana que se ha dado en llamar revolución cubana se ha conservado a flote en virtud de su imperceptible adaptabilidad. Muchos han sido los giros: el proceso de rectificación, los planes emergentes, el período especial y más recientemente el programa de actualización o perfeccionamiento del modelo económico; en todos los casos, sin embargo, la intención declarada de las transformaciones ha sido la de sostener el rumbo hacia el socialismo como destino.

Como la nave de la revolución no acaba de arribar a las utópicas costas del socialismo real, es fácil llegar a la conclusión de que el único propósito de los innumerables bandazos ha sido el de mantenerse al frente del timón. Lo peor del caso es que esta adicción al mando no parece estar dada por el saludable celo que tienen los idealistas con su obra, sino por el insaciable apetito de disfrutar del poder. Para ser más precisos, para disfrutar de los obscenos atributos del poder.

Basta echar un vistazo a lo que nunca ha cambiado. Especialmente, se ha mantenido igual la intolerancia hacia cualquier tipo de oposición. En cincuenta años, a lo más que se ha llegado es a aceptar las críticas constructivas, realizadas en el momento y en el lugar oportuno, siempre y cuando procedan de alguien que ostente inconfundibles credenciales revolucionarias. Lo más generoso que puede esperar el que se aparte un milímetro de esa línea es ser tratado como una persona confundida o desinformada a quien hay que aclararle la mente. Puede presentarse la variante de que “la confusión” no provenga de la propia ofuscación sino de malsanas influencias. Si éste es el caso, nadie quedará redimido del estigma si no abjura de las dañinas amistades y, sobre todo, si no confiesa el nombre, apellido y dirección de quienes lo han contagiado.

Tengo fresca en la memoria una expresión de los primeros años revolucionarios: “No se puede estar en la cerca ¿De qué lado tú estás?”, le preguntaban al que hacía algún comentario sospechoso. Uno comprendía rápidamente que ni siquiera se trataba de estar sentado sobre la cerca, sino que no era prudente aproximarse a ella. Con el tiempo, se aprendían lecciones de un nivel más alto: Tampoco bastaba con aplaudir; había que hacerlo con ostensible entusiasmo.

Con el insolente portador de ideas diferentes y propias no hay arreglo posible. Frente a semejante atrevimiento hay una gaveta de improperios dignos de ser endilgados al peor de los enemigos. El que se arriesga a pensar con su cabeza puede terminar embutido en el pellejo del general español Martínez Campos; si no lo disfrazan así, sus censores no pueden sentirse dignos de practicar la intransigencia de Antonio Maceo en Baraguá.

En el minuto que escribo estas líneas, me llaman desde la calle Céspedes, en Guantánamo, para contarme que se van a cumplir 36 horas de un mitin de repudio. Han apedreado la casa donde el Movimiento 30 de Noviembre pretendía celebrar su segundo congreso. Han impedido asistir a los delegados, han insultado y golpeado a sus habitantes, incluyendo un niño de 9 años; han roto los cristales de las ventanas y el candado de la reja. Estoy en La Habana y nunca he pertenecido a esa organización. Un prurito de objetividad periodística me aconseja que no comente lo que no puedo verificar, pero ahora soy yo quien se hace la pregunta: ¿De qué lado te vas poner?

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