Lunes, 11 de Diciembre de 2017
12:11 CET.
Sociedad

España, tarjeta blanca de mi esperanza

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Desde la hora del noticiero nocturno del día anterior, mientras el Estado intenta en vano inventarse una sobrevida pasada por la TV, a lo largo y estrecho de la madrugada subnacional todavía sin visa ni ciudadanía, bajo el eclipse artificial de un alumbrado público que deprime y el cadáver guardado en un cristal del Yate Granma, por miles, por decenas de miles y más, los cubanos nos recomemos la cola de la Embajada de España.

Es la revolución migratoria de la Ley de Nietos y olé…: documento leído con muchísima más atención (y tensión, por si no nos toca) que la actual Constitución socialista vigente en la Isla.

No hay una esquina de la ciudad que amanezca más vitalmente habitada, exceptuando la competencia desleal de la Sección de Intereses de Estados Unidos, que combina en Calzada y K a un ecosistema funerario con la fuente de la felicidad. Sin embargo, aquí, en la boca del túnel y de la bahía, por generación espontánea, se articula una comuna “autogestionaria” que daría envidia al Licenciado Pedro Campos y otros teóricos cubanos que propugnan ese modelo de socialismo contra el capitalismo estatalizado que los indigna (e ignora) desde el poder.

Merenderos y mendiguitos en CUC, coleros y custodios que se complementan en su juego de rol, periodiqueros y portadores de material lectivo para paliar la humillación de las horas, patrullas despaciosas que monitorean el área (hay varias cuadras involucradas en este ritual de turnos rotativos), consejeros populares en qué declarar primero y qué papeles invocar en cada taquilla, los cuentacuentos de casos raros y ejemplarizantes que culminan en suicidio o en happy-end, de vez en cuando la prensa internacional con sus planos paisajísticos de referencia (a estas alturas del pasaporte, ningún cubano querría dejarse entrevistar), algunos protestones españoles con permiso del gobierno cubano (pancartas incluidas: la gente se apartó de ellos como de la peste, por si acaso eran Huelguistas de Blanco), más un emigrante etcétera comparable a una estampida ralentizada pero de alta intensidad.

Nunca he visto tanta disciplina por cuenta propia entre compatriotas salidos desde cualquier punto prehispánico de nuestro país. Algún que otro careo por el insomnio tal vez, no más. Resabios que no llegan ni al Almendares, para así llegar más rápido al Manzanares. Descaros resueltos democráticamente entre los futuros caballeritos del PSOE o el PP, para que quede clara nuestra posición común de ciudadanos con sangre remanente importada del Primer Mundo. Gracias, abuelos, Dios y el Rey los tengan en la Gloria (con la ayuda de Franco que los catapultó a la cañona hasta Cuba).

Un grafiti agresivo de la Unión de Jóvenes Comunistas propina un gaznatón de gracia como despedida a esta marcha del pueblo complaciente: TODO POR LA REVOLUCIÓN, en los tres colores oficiales de la patria ya casi en pretérito (azul cielo, blanco pureza, rojo rubí).

Al fondo del set, iluminada en una contrapicada de saurio futurista que derrocha un alarmante alarde de electricidad, se empina el castillo kafkiano de la Embajada (bandera incluida como señuelo arduo de conquistar). Es una visión mitad terrorífica y mitad angélica. Detrás de esa fachada están los titulares de ETA y también las tetas televisadas de Ana Belén. El rock rosa español que se retransmitirá hasta el fin de los tiempos por Radio Progreso y los acordes archiconocidos pero bastante anónimos en Cuba del Concierto de Aranjuez. Juan Ramón Jiménez más que Unamuno (Lorca pasó de moda porque terminó pareciéndose a las imitaciones de Nicolás Guillén). Muy Interesante y el Grupo Prisa (el Premio Ortega y Gasset más que las perspectivas del propio Ortega y Gasset). Un toque del último Almodóvar y otro del primer Amenábar. Serrat y Penélope Cruz (Woody Allen y de paso Willy Toledo). El Real Madrid y Mecano (la Copa de Fútbol 2010 fue un escándalo en los cines de aquí). La paella desconocida. El chusco Dalí y, por supuesto, el chulo Dinio (amenazado ahora con tener que empezar de cero la parafernalia de papeles para partir del paraíso del proletariado).

A la salida del sol, se divisan entonces las alarmas y alambres de púas, las vallas de contención física y visual, disfrazadas multiculturalmente de “Obra en Reparación”, el camerío googliforme de circuito cerrado para vernos mejor incluso en la medianoche, y las muecas eurocentristas del funcionariado al otro lado de una ventanilla con buzón.

Esta marea de neomarielitos que votaron Sí-Por-Todos en nuestras elecciones al Poder Popular, estos No-Idóneos que no llegarán a ser despedidos por ningún ministerio local pues prefieren zambullirse en el pródigo paro español, estos personajes pertinaces del remake criollo de un “Aquí No Hay Quien Viva” (no han leído a Santiago Alba en Al Jazeera pero sí en La Calle del Medio), esta hégira de vuelta al vientre de la Madrastra Patria (no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió), estos nacionales de puertas afuera, encarnan una verdad inverosímil de cara al mundo y un poco a nosotros mismos: así sea en Suecia o en Ecuador, en Miami o en Moscú, por una herencia o por dotación genética (en este caso, geniética), donde quiera que se descuide una embajada en La Capital de Todos los Cubanos, allí estará nuestra quinta columna, siempre dispuesta a violentar sus biografías con tal de asistir de lejos al fiasco fúnebre de esa fiesta innombrable aún llamada Revolución.

Estas son las cuestiones de seguridad nacional que se le escapan cómicamente a la Seguridad del Estado (a menos que sea el precio de una gran operación encubierta para penetrar a fondo a Europa desde la Península). Estos son los numeritos que no quiere apuntar en su ábaco de futuro nuestro tan estadístico Estado. Y son también la fuente fundamental de su gobernabilidad inagotable (con un quinto del exilio cubano de regreso a Cuba, las instituciones actuales serían insostenibles).

Coda

Yo también quisiera ser español, supongo (no desearlo sería casi traición a una tradición bien cubana). Abuelos no me faltan, vale. De chico, gustaba más del Generá Resoplez que del pacato Elpidio Valdés (las mulatas también me ponen, por cierto). De contra, publico y me comentan desde la mismísima España (el Instituto Cubano del Libro ya ni se acuerda de que hace dos años no cobro ni un solo derecho autóctono de autor). En la calle me toman por un pepe extranjero y hasta me gritan gentilicios agallegados, a ver si aciertan con mi ciudad natal. Joder, que Cuba a mí también me cansa, lo confieso. Tanto, que cada noche me doy de hostias a la hora del noticiero para ponerme en marcha, pero igual no muevo ni un dedo para llegar hasta el fin de la fila y pedir el último para mañana a primera hora en la Embajada más cubata de España.

Estoy chungo, sospecho. Mejor espero mi Real Ciudadanía en una de esas llamadas caritativas de nuestro Cardenal (el himno es un pelín largo pero no suena nada mal, según mi versión obsoleta de la Microsoft Encarta). Por favor, recen (no de rodillas) una España Nuestra por mí.

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