Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Opinión

La 'funcionalidad', según los Castro

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Que Fidel Castro reconozca que el modelo cubano "no funciona" quizás sea un paso positivo, ya que ello podría indicar que el régimen totalitario estaría dispuesto a continuar profundizando en el camino de la reforma. Sin embargo, durante el encuentro con Julia Sweig y Jeffrey Goldberg, a quienes hizo esa aseveración, Castro no aclaró qué variables considera indicadores de funcionalidad.

Lo cierto es que el modelo de capitalismo monopólico de Estado cubano ha funcionado bastante eficientemente, pero como instrumento de enriquecimiento para una nomenclatura cuyos privilegios se nutren de la extracción de una renta a la que acceden —como si fueran los legítimos dueños de la propiedad— gracias a la imposición de una de las tasas de compensación salarial más miserables del mundo occidental, ni siquiera comparable con la de aquellos países donde impera el llamado "capitalismo salvaje".

Ese es un aspecto del modelo cubano que seguramente no desearían modificar aquellos que, como Fidel Castro, son sus principales beneficiarios.

Por otro lado, la incapacidad propia de ese modelo de capitalismo de Estado disfuncional y burocrático para generar riqueza colectiva en términos del crecimiento del ingreso por habitante, implica que el creciente nivel de depauperación de la clase asalariada y el deterioro físico de la infraestructura y del parque industrial —debido a la insuficiencia de la inversión para cubrir si quiera la parte correspondiente a la depreciación—, requiere que la nomenclatura tenga que utilizar varios cientos de millones de sus "reservas" en divisas (una especie de subsidio interno) para mantener un nivel de subsistencia y de reproducción mínimas.

De ahí que el modelo cubano ya no funcione "ni para nosotros" —como afirma Fidel Castro— y que necesite ser reformado.

Siempre al borde del colapso

Ese modelo ha "funcionado" siempre al borde del colapso financiero, pero ha evadido la bancarrota gracias a los inmensos subsidios exteriores, primero de la Unión Soviética y ahora de Venezuela; a su capacidad de pedir constantemente prestado al resto del mundo sin que importe su historial de pago; a la heredada capacidad productiva del régimen anterior; a los ingresos del turismo y las remesas de los exiliados; todo ello, sin poner en peligro la renta acumulada.

El modelo marchaba viento en popa mientras otros llevaban la carga financiera de su mantenimiento. Pero la acumulación de las "décadas revolucionarias" ha sido implacable en cuanto al deterioro de la capacidad productiva y a la merma de la capacidad del régimen para continuar pidiendo prestado. Las remesas, el turismo y el  subsidio venezolano son insuficientes para garantizar la reproducción del modelo sin extracciones constantes a la renta acumulada.

El paliativo financiero para la nomenclatura vendría de la mano de aquellas reformas estructurales que restauren cierta capacidad de maniobra a las fuerzas productivas o un mínimo nivel de libertad económica en la base para incentivar el trabajo y el ahorro.

Tales medidas aumentarían la capacidad de auto-sostenibilidad del sistema económico, expandiendo el efecto sanitario del subsidio externo, de las remesas y del turismo.

Queda claro, en vistas de la experiencia de otras economías que han pasado por momentos similares, que el único camino para restaurar un nivel de sostenibilidad económica aceptable para la nomenclatura es la vía del corporativismo al estilo chino o vietnamita: la simbiosis de un sistema político totalitario con la continuación de una economía de capitalismo de Estado, que renuncia a su monopolio de la propiedad y se apoya en el mecanismo de mercado para decidir la composición de la producción agrícola y de bienes de consumo, pero que mantiene la gran industria o las "alturas dominantes de la economía" bajo control estatal.

Lo anterior, unido a una mayor apertura en cuanto a la inversión extranjera y la expansión del trabajo por cuenta propia, puede ir liberando paulatinamente la carga del Estado en cuanto a la manutención de la población y llevar a la substitución de mecanismos de control directos por mecanismos de control indirectos, a través de la política fiscal.

Todo parece indicar que estas reformas van a irse implementando gradualmente, sin que lleguen a alterar el principio básico del capitalismo de Estado cubano: su dependencia, para la extracción de la renta, de la explotación del trabajo asalariado en la industria y la agricultura, y el mantenimiento de la inmensa mayoría de esa masa desposeída en una situación de dependencia económica, que le impida el reclamo de sus derechos políticos.

Como consecuencia, la nomenclatura lograría estabilizar de nuevo su proceso de acumulación de capital, haciendo que el modelo retorne a un nivel de funcionalidad aceptable para su sostenibilidad.

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