Miércoles, 14 de Noviembre de 2018
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Opinión

¿El último año del cardenal Ortega?

Si se cumple el modus operandi del Vaticano sobre la renovación de los obispos, el cardenal Jaime Ortega Alamino empieza el próximo 18 de octubre su último año al frente de la Arquidiócesis de La Habana.

Excepcionalmente, la Santa Sede podría prorrogar su mandato, hecho que sucedió de manera relevante en 1967 cuando Pablo VI no aceptó la renuncia de Enrique Pérez Serantes, primado de la Isla y titular de Santiago, que falleció unos meses después de la prórroga.

Según el Código de Derecho Canónico, los obispos están obligados a dimitir a los 75 años de edad. La carta de renuncia, escrita de su puño y letra, pone la sede diocesana "a disposición" del Pontífice.

Sin embargo, las decisiones papales han sido variables con respecto a la jubilación de los grandes horcones del catolicismo cubano de los últimos 50 años.

Adolfo Rodríguez, el recordado arzobispo de Camagüey, gobernó su diócesis hasta los 78. El enemigo público número uno del castrismo dentro de la Iglesia, Pedro Meurice (Santiago de Cuba), tuvo sustituto el mismo día de su cumpleaños 75 y José Siro González (Pinar del Río), de la misma naturaleza que el santiaguero, a los 76.

El inicio del último año de gobierno de Ortega, más allá de la decisión que adopte finalmente Benedicto XVI, abre lógicamente una serie de conjeturas (algunas sin fundamento y otras con conocimiento de causa), anhelos y movimientos estratégicos dentro y fuera del clero local.

El intenso papel de Ortega en las negociaciones con el régimen de La Habana, positivas para los presos políticos excarcelados y a la vez polémicas en diferentes sectores de la sociedad civil, hacen que la decisión vaticana no sea un trámite ordinario más. Su implicación en el asunto tiene connotaciones a favor y en contra.

"No creo que el Santo Padre acepte la renuncia de Jaime, porque él es un hombre joven y sano; un hombre de buenos criterios pastorales. Otra cosa es que algunos le tengan simpatía a su persona, a su modo de actuar o a sus decisiones", afirma a DIARIO DE CUBA monseñor José Siro González, obispo emérito de Pinar del Río.

González, bajo cuyo gobierno la diócesis más occidental del país vivió un importante resurgir de la sociedad civil, señaló que también hay hombres a los que el Vaticano les "recuerda" que ha llegado la edad de renunciar, porque son "muy difíciles".

Roberto Veiga González, editor de la revista Espacio Laical, apunta que "en el caso de los cardenales se hace habitual que Roma dilate un poco el retiro".

Imagina, desde un criterio personal, que el Vaticano, la Nunciatura y "tal vez determinados actores de la Iglesia" local evaluarán el papel de la Arquidiócesis de La Habana en el "entramado eclesial y nacional, y las circunstancias del país", para "considerar la necesidad o no de conservar sus virtudes y experiencias en la gestión de la Iglesia durante un tiempo mayor".

El activista católico Rigoberto Carceller, que preside en España la Plataforma Cuba Democracia Ya!, coincide en que la renuncia de Ortega no será aceptada, porque "aún está fuerte" y protagoniza un "proceso" en el que es "una persona necesaria para la Iglesia y para la nación".

Además, el suyo "es un cargo que le gusta", añade.

Sin embargo, la opinión cambia entre los firmantes de la polémica carta-queja enviada por más de 400 disidentes al Papa.

Martha Beatriz Roque, economista independiente, católica y promotora de la misiva, considera que Ortega Alamino "debe terminar su misión y dar paso a alguien que empuje el trabajo de la Iglesia en el contexto del totalitarismo que vive el país".

"Hay que dar paso a personas que piensen en renovar el trabajo de la Iglesia", dice.

El legado de Su Eminencia

Jaime Ortega Alamino nació en Jagüey Grande, Matanzas, el 18 de octubre de 1936. Fue ordenado sacerdote en 1964. Su ministerio se interrumpió en 1966 durante ocho meses, cuando fue enviado a las denominadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) en Camagüey, afirma su biografía oficial.

El 7 de diciembre de 1978 fue designado obispo de Pinar del Río por el papa Juan Pablo II. En 1981 fue promovido a la Arquidiócesis de La Habana. El propio Juan Pablo II le nombró cardenal en el consistorio del 26 de noviembre de 1994.

"(Ortega) ha logrado mucho, por ejemplo, en cuanto al nivel organizacional de la institución eclesial, incluso más allá de los limites de su diócesis", señala Roberto Veiga González.

El editor de la revista Espacio Laical considera que Ortega ha conseguido "éxitos significativos" en la presencia de la Iglesia en los ámbitos culturales y sociales de la capital del país.

"Asimismo, ha influido de manera intensa en la consecución de un diálogo entre la Iglesia y el Estado, encaminado a conseguir —en la medida de lo posible— beneficios, tanto para la institución eclesial como para la población", dice.

Apuestas sucesorias

La Arquidiócesis de San Cristóbal de La Habana es la más importante del país. Dos de sus titulares han conseguido la birreta roja —Manuel Arteaga Betancourt y Jaime Ortega—. La Isla se quedó sin cardenal entre 1963 y 1994, pero la repercusión pública del actual podría impulsar, en teoría, una condición similar para su sucesor.

Católicos y analistas consultados creen que la carrera sucesoria por el palio habanero ya está en marcha y que, una vez fuera del juego los pilares históricos, las listas sobre las que se especula carecen del brillo de antaño.

Las apuestas incluyen a varios prelados en ejercicio y descartan a sacerdotes sin experiencia episcopal. Uno de los nombres que más suena es el de Juan de Dios Hernández Ruiz, actual obispo auxiliar de La Habana.

Rigoberto Carceller cree que Hernández Ruiz es un hombre de "gran capacidad intelectual" y que goza de "respeto en el clero", pero tiene en su contra su afiliación jesuíta.

"Normalmente un cargo así está reservado para religiosos diocesanos y no de congregaciones", advierte.

Un conocido de Hernández Ruiz cree, sin embargo, que ése no es un problema para recibir el palio, porque ya ha sido "liberado completamente" por la Compañía de Jesús.

Recientemente, algunos exiliados insinuaron que la mejor apuesta sería la del arzobispo de Camagüey, monseñor Juan García, de una discreción que, según se presume, "emana de sus pocas simpatías con el régimen".

También ha sonado en las predicciones el arzobispo de Santiago, Dionisio García, actual presidente de la Conferencia Episcopal, y el obispo de Holguín, Emilio Aranguren, un hombre al que le resultaría placentero ser la cabeza visible del episcopado nacional.

¿Y el obispo de Matanzas? Pocos dudan de las capacidades de Manuel Hilario de Céspedes García Menocal; sin embargo, su pensamiento, cercano al de Meurice y Siro, podría ser una virtud o un problema, según se vea.

Para Martha Beatriz Roque, el candidato a la Arquidiócesis de La Habana, "primero que todo, debe ser una persona que cumpla los mandamientos de Dios en la tierra".

La disidente asegura que la actual jerarquía "está parcializada con el gobierno", y esto "lo demuestran" las respuestas del Arzobispado y de Espacio Laical a la carta enviada al Papa.

"Cualquiera que sea políticamente neutral será un buen candidato", apunta.

En el proceso que se avecina una cosa está clara: apuestas y presiones lanzadas desde fuera de la Iglesia no suelen ser bien atendidas por la Santa Sede. ¿Se cumplirá la máxima católica que "de Roma viene lo que a Roma va"?

La terna de candidatos, elaborada por el Nuncio y la Conferencia de Obispos, y el orden de presentación al Papa, indican que la decisión "se cocina" antes dentro.

Si el Vaticano acepta la salida de Ortega en 2011, o incluso si le eleva a un dicasterio en Roma, la carrera de la sucesión está planteada sin un claro favorito. Al menos eso es lo que se ve desde fuera.

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