Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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El epitafio del dictador

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Fidel Castro no ha “resucitado” para expiar sus culpas, porque no reconoce ninguna. Y si ahora admite su responsabilidad política en la “gran injusticia” cometida en los años 60 con el confinamiento de miles de homosexuales en Cuba, se autoabsuelve del pecado enseguida: “En esos momentos no me podía ocupar de ese asunto”. Vivía a salto de mata “para escapar a la CIA” y, en cualquier caso, no tenía “ese tipo de prejuicios”, ha dicho Castro a La Jornada en una entrevista que ha llevado a sus huestes al éxtasis —“¡qué grandeza de liderazgo aceptar una equivocación!”, escribió un lector, embobado por tanta pulcritud moral—.

Pues parece que no es cierto y que, sí, el Comandante tenía esos prejuicios. Varios blogueros han revisado los innumerables e interminables discursos pronunciados por Castro y han encontrado una perla. Fue el 13 de marzo de 1963, en la conmemoración del VI aniversario del asalto al Palacio Presidencial, celebrado en la escalinata de la Universidad de La Habana. Allí denunció los “shows feminoides” y los “árboles torcidos”. “La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones”, dijo una y otra vez ante un público que le reía las gracias machistas.

Y, para reeducar a esos “degenerados”, fueron creadas las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Unos 25 mil cubanos pasaron por esos campos de trabajos forzados entre 1965 y 1968, hasta que las protestas de varios intelectuales extranjeros afines a la revolución obligaron a cerrarlos. No terminó allí la represión contra los homosexuales. Muchos fueron obligados a exiliarse cuando el Gobierno aprovechó el éxodo del Mariel, en 1980, para deshacerse de más de 125 mil cubanos que le estorbaban. Y, hasta hoy, siguen las redadas ocasionales. Además, a finales de los años 80 y en los 90, cientos de pacientes seropositivos fueron encerrados en los llamados sidatorios, donde se les aislaba del resto de la población, como se hacía con los leprosos en otras épocas.

¿Estaba realmente el jefe de la revolución tan ocupado como para ignorar esa realidad? Sería subestimarle. Él estaba enterado de todo y tenía una opinión “científica” sobre todo. ¿Por qué se descuelga ahora con esas mentiras? Castro ha logrado irritar a varios colectivos gays que se habían quedado callados hasta ahora. Los brasileños, incluso, amenazan con llevarlo a la Corte Penal Internacional de La Haya por “crímenes contra los homosexuales”.

Al dictador retirado no parece importarle mucho ese tipo de reacciones. Él está por encima de esas nimiedades, del bien y del mal. En esa segunda vida que le ha dado la medicina —no la cubana, que casi lo mata, sino la española, que lo salvó—, el octogenario intenta limpiar su expediente para los libros de historia. Quiere que triunfe su versión de los hechos y, últimamente, se ha dedicado a escribir, o dictar, nuevos capítulos autobiográficos. Su obsesión con “la inminencia” de una conflagración nuclear, que provocaría la destrucción del planeta, es parte de esa campaña para revindicar su propia figura. Su militantismo antinuclear de hoy busca hacer olvidar que, hace casi 50 años, él intentó convencer a los soviéticos de que lanzaran una guerra atómica contra los Estados Unidos.

Todos sus esfuerzos no lograrán borrar los testimonios y sus propios discursos. En ese sentido, Internet es un instrumento fabuloso para desenmascarar las manipulaciones de los académicos o periodistas que colaboran en las operaciones de maquillaje de la historia. Fidel Castro tiene, sin embargo, un punto a su favor: ha tenido medio siglo para hacer desaparecer las huellas de sus crímenes. Ha mandado destruir todos los documentos comprometedores e, incluso, ha acelerado el tránsito al otro mundo de muchos de sus más cercanos colaboradores, desde Che Guevara, el general Arnaldo Ochoa o el coronel Tony de la Guardia hasta José Abrantes y Manuel Barbarroja Piñeiro, que compartían con él los secretos nauseabundos del régimen.

A los hermanos Castro no les pasará lo que a la Stasi alemana, que no tuvo tiempo de destruir casi nada de su enorme archivo cuando se derrumbó el muro de Berlín. Y tampoco lo que a Wikileaks, que tanta admiración suscita en Fidel. En la Cuba castrista no hay filtraciones porque no hay documentos. Sólo hay un hombre que intenta torcer la historia para escribir su propio epitafio.

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