Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
Opinión

La libertad de venta de productos alimenticios: ¿solución o problema?

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Hace algunos días, el régimen castrista anunciaba otra de sus reformas para mejorar el funcionamiento de la economía. Entre las primeras profesiones que se autorizan al ejercicio libre, aparece la de vendedor de productos agropecuarios en las afueras de las ciudades. De momento, la experiencia se va a llevar a la práctica en las urbes de tamaño intermedio, no estando prevista la implantación de este nuevo modelo en las grandes capitales. Una apuesta, según las autoridades del régimen, por la necesidad, por poner fin a la escasez de alimentos y mejorar las condiciones de vida de la población.

Conviene señalar que, hasta la fecha, el ejercicio de esta actividad de distribución comercial minorista en Cuba se movía en el ámbito de la oscuridad y la economía informal, ya que, al no encontrarse autorizada, las sanciones y multas, e incluso las condenas de prisión, se convertían en el quehacer cotidiano de las autoridades, empeñadas en sofocar cualquier atisbo de independencia económica en los distintos sectores sociales.

Por lo tanto, lo que parece haber hecho el castrismo raulista ha sido reconocer y autorizar el ejercicio libre de la actividad comercial, sin alterar la estructura de los derechos de propiedad ni reconocer el papel fundamental de la economía de mercado como mecanismo de asignación. El único fin de esta medida es satisfacer la demanda de alimentos de una población angustiada por la escasez y la pérdida de valor de la cartilla de racionamiento.

No obstante, de la lectura atenta del decreto que aprueba esta medida en la Gaceta Oficial de la República de Cuba subsisten algunas lagunas que se hace preciso identificar antes de realizar una valoración objetiva de lo que puede significar esta medida.

Una figura rudimentaria de distribución comercial

En primer lugar, conviene destacar que estamos ante una figura rudimentaria de distribución comercial al por menor que nada tiene que ver con las tiendas de alimentos que existen en cualquier país del mundo, medianamente desarrollado. Productores de patio que venden sus excedentes, algún vendedor que compra a algún agricultor independiente, o alguna explotación campesina que de forma directa vende sus productos. Y poco más.

Algo es algo. Se parte de un nivel de actividad muy bajo, casi primitivo, en el que los productos de consumo, básicamente alimentos perecederos, no van a exigir grandes inversiones en logística o transporte, al menos a corto plazo. La compra por las personas será muy frecuente, casi diaria, para salir del paso, si bien, cabe esperar que vaya mejorando en cantidad y calidad con el paso del tiempo, sobre todo, para los que puedan pagar los productos.

El uso del numerario

Aquí viene la segunda cuestión, el uso del numerario en que se realizarán las operaciones. En un país en que circulan, libremente y sin control, al menos cuatro monedas distintas, el peso cubano, el CUC, el dólar y el euro, se tendrá que definir en cuál se deberán realizar los pagos de los compradores a los vendedores.

La cuestión no es baladí. Suponiendo que esta decisión se obvie por las autoridades, se producirá una tendencia a utilizar el CUC y las monedas fuertes en las transacciones, al menos en una primera fase, con el objeto de realizar el cambio a pesos una vez realizadas las ventas.  Una razón es que quienes compren directamente a los productores para comerciar después directamente al público tendrán que pagar en moneda fuerte o convertible. Los agricultores independientes no están para bromas, ya que ellos, los insumos los tendrán que comprar, si los encuentran, en la misma moneda fuerte.

Además, vender en moneda convertible sería mucho más rentable, vía tipo de cambio artificial de las monedas, que realizar todas las transacciones en pesos cubanos, que se pueden conseguir al final del proceso para pagar los impuestos.

Por otra parte, el acceso a las monedas fuertes y al CUC ha venido generando en la Isla unas diferencias económicas y sociales ampliamente cuestionadas que ahora, con los nuevos comercios, se pueden justificar.

Dudas e incertidumbres que apuntan a medio plazo, ante un fuerte y sostenido aumento de la demanda de una población que ha padecido graves carestías en los últimos años, a una escasez de moneda nacional y a un previsible aumento de los precios de los alimentos, con el peligro de más inflación.

Márgenes

En tercer lugar, los márgenes. No cabe duda que esta nueva actividad va a generar importantes beneficios. No hace falta ser un gran economista para prever que, partiendo de los bajos niveles de consumo de alimentos de la población y la escasa variedad de los mismos, una adecuada relación productores vendedores, puede llevar a los mercados productos y artículos desconocidos para la distribución racionada, que tendrán, previsiblemente, una gran demanda al menos durante algún tiempo. El volumen de transacciones será muy elevado, la dieta alimenticia de las familias cubanas mejorará con ello, y se va a generar un fuerte aumento de los beneficios en esta actividad, lo que va a atraer a más comerciantes.

¿Cómo está preparado el régimen para las consecuencias sociales y políticas de este proceso? ¿Se han previsto formas asociativas entre productores-distribuidores-vendedores para mejorar la economía de escala del proceso productivo, lo que supondría la consolidación del canal de comercialización largo en la Isla? ¿Está dispuesto el régimen a observar pacíficamente cómo aparece un contrapoder económico que controla el área de alimentación, la más importante de un país, en la iniciativa privada y libre? ¿Ha previsto el régimen incorporar a estas nuevas actividades personas afectas que, hasta ahora empleados por el Estado, desde dentro, eviten la previsible demanda social de mejora que se puede producir?

Dudas que se pueden despejar con la experiencia pasada. Con lo sucedido en los últimos años, el raulismo castrista puede segar de un golpe cualquier proceso de acumulación que, ideológicamente, no sea admisible. Ya ocurrió después del paso de los ciclones, y casi seguro lo volverán a hacer.

Nada de lo que ahora está en juego en Cuba representa una economía basada en los derechos de propiedad y el funcionamiento efectivo del mercado vía precios transparentes y flexibles. Por eso, lo más probable es que termine siendo un fracaso. Igual que otras experiencias anteriores del régimen. La solución acordada se basa en un modelo primitivo de actividad de venta cuyo sentido es paliar la escasez y la penuria de la dieta alimenticia, y facilitar que los productos agropecuarios lleguen a la población y no se estropeen en los campos y granjas por la desidia del Acopio estatal. Habrá que dar tiempo y observar de cerca el proceso, escuchar las demandas de la población y ver cómo mejora, si es que mejora, su alimentación y con ello condiciones de vida. Los factores económicos, políticos y sociales que subyacen el proceso: la inflación, la acumulación, el aumento de comerciantes, el auge de esta actividad, son un reto para el castrismo raulista. Tal vez, no lo sepan.

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