Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Cuba

Sobre la sal

Se hablaba de la sal en la cola de los huevos; del nuevo racionamiento de la sal, producto que no habían vuelto a ser tocado desde que cincuenta años atrás fuera establecida la libreta que regulaba las ventas de alimentos. El nuevo racionamiento se llevaba una tercera parte la cuota familiar.

Tan inesperada reducción, según un gordito demasiado tranquilizador, podría deberse a nuevos problemas causados en las salinas por el ciclón. Al decir "nuevos problemas", entendí al gordito hablando de la sal de otros años, cuando, hasta sin ciclón a la vista, nos faltó o fue una sal de mala calidad, húmeda, prieta y con piedras.

Fueron problemas que un par de años atrás parecieron quedar resueltos, al aparecer en el mercado una sal óptima, yodada y envasada en paquetes de polietileno de buena presencia, pero con un defecto capital: era un polietileno tan malo que por lo general ni a llegar a la bodega esperaba el paquete para romperse.

Esta deficiencia, y el hecho sorprendente, inexplicable para todo el mundo, de que de repente empezaran a dar la sal trimestralmente, siendo ésta un producto que se humedece con tanta facilidad, convirtió aquella repentina buena sal en una sal mala, ensopada, inservible para espolvorearla sobre un huevo frito.

O tal vez al decir "nuevos problemas" el gordito estaba cogiendo resuello para hablar de otra cosa. Nunca lo sabré.

Un "Usted discúlpeme" interrumpió al gordito, lo dejó en eso. Lo decía un militar que iba en la cola delante de mí. Muy tranquilizador él también, decía haber visto en la TV (yo también lo vi) al director de las salinas declarando que las salinas se habían recuperado de los embates del último ciclón, que producían al tope, que el racionamiento de la sal se debía a la preocupación del gobierno por la salud de nuestro pueblo, pues la sal es dañina, y el consumo per cápita de sal en Cuba, según un estudio internacional, andaba por las nubes.

Las gentes en la cola se miraron entre sí y luego miraron al militar, unos con piedad y otros con rabia, pero hubo una señora que, no pudiéndose contener, le habló cara a cara, al parecer con malas intenciones.

—Bueno —le dijo—, por proteger al pueblo no, porque en las tiendas recaudadoras de divisas la sal está por la libre. Un rico llega allí y se lleva un quintal o dos si le parece.

Diestro, el gordito tranquilizador la paró en seco:

—Ah, el rico que se joda.

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