Martes, 12 de Diciembre de 2017
13:30 CET.
Cuba

Orlando Zapata Tamayo: La muerte que se repite

Cadáveres amados los que un día

Ensueños fuiste de la patria mía,

José Martí (A mis hermanos muertos el 27 de noviembre de 1871).

En ocasiones me resulta imposible escapar de ciertas referencias culturales. Creo que las razones son simples. Reflejan la cuna familiar y el hogar nacional donde las aprendí, mezclando biografía con historia. Ese proceso de asociaciones siempre funciona. Ante la noticia del fallecimiento en La Habana de Orlando Zapata Tamayo, la memoria me llevó al poema escrito por José Martí a raíz del fusilamiento en el siglo XIX de ocho jóvenes inocentes. Un ambiente caldeado por afanes independentistas y el celo colonialista mostrado por un bando de milicianos fanáticos, entonces les llamaban voluntarios, favoreció el asesinato "legal" de unos estudiantes de medicina acusados de profanar la tumba de un ciudadano español. Sigue siendo uno de los episodios más trágicos de Cuba.

A la vuelta de más de un siglo ocurre otro asesinato. Se repite bajo el fundamentalismo de la consigna Socialismo o Muerte, "la batalla de las ideas", el antiimperialismo tan necesario, el país regido por un partido de opción única, encabezado por un general presidente tan severo como los capitanes generales de antaño.

Zapata Tamayo acaba de sucumbir en la tarde del 23 de febrero, al cabo de más de ochenta días sin probar alimentos, custodiado por oficiales del sistema penitenciario y del departamento de la seguridad del estado. Inocente como lo fueron los estudiantes, condenado ilegalmente. La falta de libertades individuales y la intolerancia reinante a la expresión política ajena provocaron su muerte civil: fue condenado a una prisión siempre arbitraria en un país donde los jueces nunca han absuelto de cargos a un disidente.

Por lo que he leído, Zapata supo llevar con dignidad el fardo de las sucesivas penas con las que fue castigado por su desobediencia civil. Vuelvo a Martí, también preso político. Sobre la experiencia del presidio anotó: "En la cruz murió el hombre un día. Ha de aprenderse a morir en la cruz todos los días". El héroe, más que caído empujado, tiene que volver a alzarse para mantener la resistencia a pesar de las humillaciones de palabra y de obras como las sufridas por Zapata Tamayo. Ayer quedó sin vida, pero no sin amigos ni admiradores, ni antes ni después de su aliento final.

Mortifica saber que alguien debe apelar al hambre y a la sed como arma y roca para protestar y llamar la atención sobre la dignidad que debe reconocérsele a cada ser humano. No puedo dejar de pensar que también en este punto es aplicable la calificación lapidaria usada por un abogado español para denunciar las violaciones de derecho cometidas contra los jóvenes que luego serían ejecutados el 27 de noviembre de 1871: Es "triste, lamentable y esencialmente repugnante" que alguien haya sido arrestado, sancionado y llevado a la muerte porque, según las autoridades de Cuba, disentir del partido comunista constituye un delito. Lo sucedido a este hombre no debería tener lugar ni en Cuba ni en ningún lugar del planeta. Causa aflicción y cólera comprobar que Zapata Tamayo es la última víctima conocida en este medio siglo de "revolución".

Por eso resulta paradójico y cínico que el general Raúl Castro, en la cumbre recién celebrada en México, haya defendido el criterio de diversidad dentro de la comunidad de naciones que tratan de crear los gobernantes de Latinoamérica y el Caribe. El heredero de su hermano propone que en los estatutos futuros se admita el respeto a la diversidad cultural, a las diferencias en el grado de desarrollo económico y de los sistemas socio-políticos adoptados por los respectivos países. Parecería una propuesta noble si no fuera porque Zapata Tamayo murió porque el gobierno presidido por Castro no practica lo que predica. ¿Por qué no empezar por casa con esa idea? ¿Por qué no aplicar esa generosa fórmula de tolerancia en el interior del país? ¿Por qué hacer esos pronunciamientos en el exterior y, sin embargo, prohibirlos en el interior de Cuba?

No tengo la menor idea del ideario político de Orlando Zapata Tamayo. Ignoro cuáles fueron sus preferencias filosóficas, políticas, económicas, religiosas y partidistas. Nunca llegué a conocerlo. Sin embargo lo quería de la misma manera que uno simpatiza con cualquier disidente que tenga el coraje de poner sus acciones a la altura de sus reclamos. Lo quería, insisto, por encima de los muros que nos separaban (los de la prisión y el exilio), como señaló antes Martí desde Estados Unidos en el obituario dedicado al poeta Julián del Casal, fallecido en La Habana.

En justicia no puedo decir "descansa en paz, hermano Orlando Zapata Tamayo". Su cuerpo no podrá reposar, ni tampoco nos permitirá hacerlo, hasta que los sobrevivientes de hoy y de mañana no logremos saciar el hambre y la sed de democracia, de libertad de expresión y de asociación. En este momento lo decisivo consiste en continuar la huelga que él comenzó. Con su cadáver en mente escribo: Compatriota, mi más profundo homenaje y mi respeto más conmovido. Ojalá que no se repita tu muerte.

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