Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Cuba

Taxis con camillas

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No es que sorprenda, ya que a estas alturas no hay desatino que sea novedad para nosotros, pero aun a quienes comulgamos a diario con el esperpento, se nos retuercen las tripas ante los taxis con camillas que ruedan hoy en La Habana.

Y no únicamente con camillas. También llevan sirenas. Con todo y que es poco probable que sus conductores las utilicen durante el trasiego de pasajeros comunes.

Estarían anunciándose con demasiado énfasis. Y lo menos que necesitan ellos es anunciarse, no sólo porque la demanda se mantiene siempre por encima de la oferta, sino porque además llamarían la atención sobre el delito que cometen: usar como taxis particulares las ambulancias destinadas al servicio hospitalario.

Es ya asunto viejo y de total dominio público que los llamados ambulancieros les cobran por la izquierda —y a precios nada moderados— a familiares de enfermos que necesitan ser trasladados a los hospitales, o que salen de éstos con alta médica y no pueden recibir el correspondiente servicio legal, o deben resignarse a esperar durante largas horas para recibirlo, debido a las limitaciones del sistema de salud, las que también son viejas, crónicas y notorias.

Lo nuevo es que ahora las ambulancias han ampliado su radio de acción, convertidas en taxis de uso privado por parte de sus conductores, que lo mismo recogen a pasajeros comunes en cualquier calle, para cobrarles por tramos, o van a buscarlos a sitios precisos, a través de la variante de recogida según solicitud del usuario.

Si bien choca y descacharra la falta de escrúpulos de estos conductores, a quienes parece no importarles lo que ocurra con los enfermos graves que están a expensas de que ellos terminen de solventar sus asuntos personales —por acuciosos que fueren—, más descacharrante aún resultan la miseria material y moral en medio de la cual actúan, así como las circunstancias que propician que su delito sea consumado impunemente, a la desbandada, sin control ni cordura.

Y en tanto, sólo el diablo conoce la cifra de pacientes de urgencia que acaban en la espera, pasando a otra dimensión donde ya no precisan esperar por ellos, ni por nadie.

Bueno, eso es si las características del fallecimiento no requieren autopsia. Porque en tales casos la espera se prolonga hasta más allá de la muerte, aun cuando el paciente no tenga que sufrirla. La causa es otra, pero al final viene siendo la misma.

En los hospitales habaneros se hace cada vez más arduo encontrar un patólogo. Están desperdigados por el mundo, en lo que denominan misiones internacionalistas.

Por citar un ejemplo, uno entre el montón, en el hospital Julio Trigo labora en este momento un solo patólogo, el cual está calentando los motores para irse de misión.

Lo que sí abundan son cadáveres engavetados. Aunque, total, a esos ya no hay espera que los desespere.

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