Sábado, 16 de Diciembre de 2017
18:20 CET.
Cuba

Del clarín escuchad el sucre

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Recuerdo mi relación personal entre dólares y Fidel.

A ras del Período Especial, yo estaba "de vacaciones" en una escuela al campo de la universidad, en algún rincón rubicundo de provincia Habana (cerca de Río Seco, tal vez).

Fidel apareció en blanco y negro en la pantalla de nuestro comedor colectivo y en unas pocas horas explicó la "medida" y su necesidad. Nunca usó el vocablo "dolarización", que después él mismo estigmatizaría de cara a Latinoamérica.

Nadie le hizo mucho caso entre el estudiantado. Ni tampoco hacía falta escucharlo. Desde hacía semanas circulaba el rumor de que los dólares pronto dejarían de ser delito.

Así que, a esas alturas de nuestro fatigoso verano agrícola, Fidel fungía apenas como un vocero: decretó lo que todos ya asumíamos como ley, de manera que nunca un líder cubano fue tan democrático como aquella tardenoche de sancocho en bandejas y Revolución por TV (hasta los presos por "tenencia ilegal de divisas" lo aplaudirían con carácter retroactivo).

Más de una década después, para entonces a ras de los años cero, Fidel apareció en colores en la pantalla. Tenía un brazo enyesado y era otra tardenoche, pero de otoño. Estaba sentado tras una mesa redonda con aire acondicionado y sonido estéreo, pero no se hizo entender. Cuentas internacionales, transacciones congeladas, presión financiera imperial, cables y estadísticas en printer-láser, derecho de defensa ante la agresión bancaria, y un economiquísimo etcétera.

La conclusión no por sospechada fue menos súbita: el dólar había muerto, según un titular del periódico Juventud Rebelde.

A partir de ahí, los USD han sufrido en Cuba indecentes devaluaciones de puertas adentro. Más que competencia desleal, es una suerte de humillación ante el resto de las monedas mundiales: un castigo por cuenta propia.

Así perdí, por ejemplo, un quinto de mi Premio de Cuento en la revista oficial La Gaceta de Cuba. Así dejé de ahorrar "verdes" para la esperanza de un mañana mejor en cualquier otra parte. Y así comencé a olvidar el look neoliberal de los dólares (hasta me sabía ciertos tips de experto para detectar falsificaciones), cuyo diseño siempre me pareció más hermoso que el colorete cómico de otros billetes que casi simulan ser solapines.

Hoy, por fin, asistimos a la estocada maestra de la escuela de Fidel contra los defenestrados fulas fundados siglos antes en Filadelfia. Y ese golpe de efecto se llama Sucre y es un chavito virtual.

Dicen que empezará valiendo 1.25 dólares y que será pasto común para los países del ALBA, Cuba incluida. Dicen que es un mecanismo de redención de los pobres pueblos contra la tiranía Made In USA. Dicen que ya pronto masticaremos los primeros arroces de las 8000 toneladas que Venezuela venderá a Cuba por este programa de click & paste. Dicen que nuestro destino post-dólar será la integración supra-nacional.

Vale. De verdad. Por mi parte sólo temo que la cosa no pare aquí.

La repenalización del dólar y otros demonios podría estar al doblar de la esquina. En breve habría que despedirse también del euro y otras excentricidades numismáticas. A la larga, Cuba tornaría a ser aquella vieja burbuja fiscal, donde el Estado jugaba al duro con el cash del enemigo, mientras los compañeros ciudadanos no teníamos contacto con el concepto contable de capital (otra vuelta de técnica: del Mc-marketing a un nuevo Departamento MC).

Se llama gobernabilidad. Y funciona de maravilla, incluso antes de que Fidel reflexione al respecto.

Paranoias aparte, en este suceso del Sucre me resuena enseguida el clarín de una guerra no tan fría como cuando el CAME: es el tantán de una contienda continental que costará acaso mucho más de 1.25 por dólar.

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